rodolfo alonso

por:Enrique Hernández-D’Jesús

tomado de Unión Libre.

Poeta, traductor y ensayista argentino, Rodolfo Alonso es una voz reconocida de la poesía iberoamericana.

Ha publicado más de 30 libros. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina, a la vez primera con sus heterónimos en castellano. Junto a Klaus Dieter Vervuert, primeros en traducir Paul Celan. Tradujo Ungaretti, Marguerite Duras, Pavese, Éluard, Saba, Drummond de Andrade, Montale, Prévert, Apollinaire, Murilo Mendes, Pasolini, Rosalía de Castro, Artaud, Bandeira, Baudelaire, Valéry, Mallarmé, Olavo Bilac, Lêdo Ivo, Breton, Schehadé. Editado en Argentina, Bélgica, España, México, Colombia, Francia, Brasil, Venezuela, Italia, Cuba, Chile, Galicia e Inglaterra. Prologado por Carlos Drummond de Andrade, António Ramos Rosa, Fernand Verhesen, Juan Gelman, René Ménard, Juan José Saer, Lêdo Ivo, Héctor Tizón. Premiado en Argentina, España, Venezuela, Brasil y Colombia.

Hoy presentamos un poema escrito en el siglo pasado en 1975. Unión Libre lo presenta por considerar que es uno de los poetas más queridos en Nuestra América.

El sueño de la razón

Así se ha pasado la vida, entre relámpagos y brumas.
Así cayó sobre nosotros nuestra incierta condición.
Un negro sueño de alas negras
canta el idilio profundo
de realidad y desengaño. Palabras no como las otras
cantan vacío, desesperanza. Es como verse uno hacia adentro,
como mirar sólo hacia fuera.
Como matar, como morirse.
Así recae uno en la sombra, así viene lo que se va.
Así se bebe uno la noche, así se queda uno de a pie.

Los ruidos sordos del invierno
próximo roen cierto país,
el país de uno, el país de todos.
Un náufrago cae de rodillas,
sobre la playa de rocas, mira morir a cierto pájaro.

El árbol de hojas cautelosas se va haciendo apenas raíz.
En la noche de selvas negras la luz se atisba, sólo recuerdo.
Y un parpadeante horizonte gime desierto sobre la pobre tierra.
Alguien nos mira desde lejos.
El náufrago de barbas de oro
canta y canta un salmo extraño.
No son canciones de alegría.
Ya no hay nada que nos espante.
Una espada divide el mundo.
Una mano nos da esperanzas, nos recomienda seguir juntos.
Se van enredando palabras en tantos días de miseria.
Se van gastando las palabras.
¿Habrá que gastar a la acción?
Un día limpio, amable quiero, una luz limpia, ganas limpias.

No estamos solos, no estamos solos, somos los hijos de la noche.
Y en esta noche renacemos, en esta noche vamos a ver
una mañana interminable como una tarde en el desierto,
como unas ganas de vivir, fuertes, directas, perdurables.
Sólo el espacio como un canto donde naufraga cierto pájaro.
Así nos vamos despidiendo cuando ya estamos al caer.
Así empezando a darnos cuenta vamos a ver volar el día.
Vamos a ver volar la tarde como algún pájaro anhelante.
Ansiosamente desnudamos la alta costumbre de alegrarnos.
Ansiosamente va naciendo de tanta sombra nuestra luz.
Como una voz poblando el páramo,
como una mano en el desierto,
como si nada fuera uno, como si nada, como todo.
Está lloviendo en nuestros años,
está cayendo tanta niebla,
está llorando nuestro tiempo, esta es la hora de partir.
Estás desnudo ante las olas de un puerto de aguas profundas.
El humo come el horizonte donde se juega la salud.
Hay espejismos que dan hambre, hay sombras que hacen respirar.
Así caemos al espacio, así damos con la verdad.
Así despiertos conjugamos con nuestra vida un tiempo muerto.
Es como todos nuestros sueños desparramados al acaso.
Es como voces de este mundo acumulando lo que dan.
Es hora ya de andar desierto, es como voces en el mar.
Es la palabra de la mano, el agua de cielos profundos.
Alguien escarba en nuestro pecho con una paciencia de hueso.
Alguien descarga en nuestros sueños lo que nadie espera perder.
Al aire, al aire van quedando las esperanzas, torres de miedo.
Al aire van cayendo todas las más candentes ilusiones.
Un canto de zonas profundas desnuda un viejo tiempo viejo.
Una palabra va quedando en lo que queda por vivir.
Como si antes no supiéramos, como si ahora fuera a servir.
El ocio canta el tiempo libre, la dignidad del buen trabajo.
El buen comer, la buena gana, la buena forma de dar amor.
Así resulta que era la cosa, así descanso en un buen hombro.
Así se calla contra el cielo una palabra que murió.
Caminaremos solos, unidos
por una sed como un diamante
de rayos dados, convergentes. El aire pesa de horas amargas.

El aire pende sobre nosotros, el aire pesa quizá preñado.
Hay que vivir con ese aire, hay que vivir, querer oír.
No hay que mirar por sobre el hombro, no hay que dejar para mañana.
Mañana es tarde, como siempre.
Quizá podamos aprenderlo.
Mañana es tarde, mañana es tarde: sólo el hoy es resplandeciente.
El bello, urgente, hiriente hoy, el dulce paso de las horas.
Como una hoja de magnolia
tensa y henchida bajo la lluvia
es la belleza, aroma en la noche. Hay que asombrado admirar y callar.
Estamos todos amenazados por una imbécil mano negra.

Buenos Aires, 28-5-1975

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