con la revolución cubana

Por Alex Pausides.

Organizador, junto a un numeroso grupo de poetas, del Festival Internacional de Poesia de La Habana estoy convencido de la validez del camino elegido para dedicarle nuestras energias al enaltecimiento de la verdad, la justicia y la belleza.

No se me escapa la certeza de que a través de la poesia y con su poderosa irradiacion podemos ofrecer nuestra pequeña contribucion al fortalecimiento del espiritu humano y la dignificación del hombre en estos tiempos sombríos en los que la codicia y la insensatez de los poderosos puede hundir la civilización en la barbarie.

Pensar así explica nuestra defensa de Cuba, como posiibilidad del triunfo definitivo de las luchas de los hombres y mujeres por la redención y el ejercicio de su libertad y su destino como pueblo.

En estos días han circulado noticias sobre un grupo de activistas que, en un barrio de la Habana Vieja, partiendo de la demanda inicial de excarcelacion de uno de los suyos, ha levantado exigencias al gobierno y a las instituciones cubanas.

Creemos que son legítimas la posibilidad, la necesidad y la pertinencia de diálogo de un ciudadano o grupo de ciudadanos de cualquier filiación con las instituciones gubernamentales del pais.

Articuladas sus acciones con individuos radicados en el extranjero, con el confeso apoyo financiero de agencias del gobierno estadounidense, las reclamaciones del grupo de San Isidro y su auticonfinamiento introducen un elemento que enrarece cualquier análisis y politiza en grado sumo el hecho, aunque tratemos de mirarlo sin prejuicios y sin pasión. Aún así, el suceso ha concitado el respaldo y la comprension de varios artistas e intelectuales.

Es comprensible la preocupación de muchos porque la situación creada en torno a la acción política de los congregados de San Isidro derive en una confrontación, y favorezcan entonces que sus preocupaciones y demandas puedan canalizarse a través del diálogo con las instituciones requeridas. La vocación humanista de nuestra comunidad intelectual ha dado siempre muestras de su linaje.

Que la inmensa mayoria de la gente refrende el sistema político cubano le otorga a sus instituciones un legítimo mandato para gestionar y dirimir cualquier contradicción o desajuste en cualquier ámbito de su competencia, siempre en el marco de la constitución.

Con respeto a las leyes todo puede discutirse, concensuarse, acordarse. Lo que no es viable en ninguna tentativa de diálogo es pretender imponer condiciones al otro. En estos dias hemos leído sobre vulnerar leyes y desconocer normas. Así no se puede tener éxito. Por muy altas que sean nuestras razones, las razones del otro también existen. Y hay que tomarlas en cuenta.

Mediar, habilitar espacios para el examen de los acuerdos y los desacuerdos ha sido una contribución indudable de intelectuales sensibles y responsables, comprometidos con la buena salud de nuestra cultura y nuestra sociedad.

Enfrentados a los grandes desafíos de nuestro tiempo, aquí y ahora, los intelectuales cubanos debieran participar activamente en la transmisión de su experiencia en el establecimiento en Cuba de un estado solidario que tenga a los hombres y mujeres humildes en el centro mismo de sus desvelos, más allá de los espejismos que ponen en circulación los poderes mundiales. Trasmitir la nobleza de la historia de la nación y la épica resistencia de Cuba ante el apetito imperial de los Estados Unidos de Norteamerica, que en doscientos años no ha cesado de intentar sin éxito doblegar nuestra independencia.

Propender que el socialismo es una construcción cultural consciente, un proyecto de difícil realización en nuestro caso, dada la hostilidad del cuartel general del capitalismo que nos rodea por todas partes. Que la Revolución Socialista es una vocación, un destino asumido voluntariamente por la mayoría de los cubanos. Y eso implica un trabajo heroico, un sacrificio de generaciones. Que no todos tienen la posibilidad de entender la proeza histórica que es construir una sociedad nueva en términos históricos ni el deseo de asumir su cuota de sacrificio que tamaña encomienda implica.

En ese ámbito vislumbro la acción de los intelectuales. En su misión de salvaguardar el patrimonio espiritual de la nación, cuidar la salud de las marcas identitarias de lo nacional, preservar el gran capital de la eticidad que sostiene la columna vertebral de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que seremos.

Con humildad entendamos que el destino de Cuba trasciende nuestro destino personal, que su suerte histórica nos explica y determina nuestros actos y que la tarea mayor de nuestras vidas es salvarla, verla esplendente y orgullosa en el concierto de las naciones, digna de sus hijos y sus hijas, amada, respetada, cantada, escrita, dibujada con el pulso firme del amor y de la entrega de los que asistimos a su momento de mayor esplendor.

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