mis cuentos de eusebio

Por Raúl Roa Kourí.
Cuentan de Eusebio que un día, cuando fue electo por primera vez al Comité Central del Partido Comunista de Cuba, le dijo al Jefe de la Revolución: Yo sabía, Comandante, que llegaría a Obispo: por la Iglesia o por el Partido. Si no fuera vero estaría ben trovato, pero es tan cierto como el hecho, entonces inédito, de que un católico figurara entre los dirigentes del organismo rector de la sociedad cubana. Por supuesto, ocurrió después de que rectificamos aquella aberración de proclamarnos “república atea” en vez de “laica,” como correspondía—y corresponde—a los herederos del pensamiento martiano: del sesenta y ocho y el noventa y cinco; de la generación del centenario y la Sierra. Y después, por supuesto, de que abriéramos las puertas del Partido a todos los cubanos merecedores de militar en la vanguardia.
Aquel joven enjuto–que si usara espejuelos montados al aire como el insigne presbítero, parecería un doble de Félix Varela—se había abierto paso desde ser un ilustre desconocido a devenir un dato característico de La Habana: aquí, a la entrada de la bahía, está El Morro, de este lado, el castillo de La Punta; más allá, la estatua ecuestre de Máximo Gómez; al fondo, el antiguo palacio de la presidencia, hoy Museo de la Revolución; más atrás, a la izquierda, la iglesia del Santo Ángel y reminiscencias de Cecilia Valdés, mulata sandunguera y nuestra; ya restaurado, el Sloppy Joe’s, con la barra más larga de la ciudad; y, atravesando la Plaza de Armas, en dirección al vetusto, barroco y siempre acogedor refugio de sueños (y alguna que otra pesadilla colonial) palacio de los Capitanes Generales, el compañero Eusebio Leal Spengler, con su gris uniforme de obrero.
Recuerdo cuando nos conocimos, en los años sesenta. Era yo entonces funcionario del ministerio de la industria alimentaria; él, laboraba con “el moro” Levi Farah en algo así como la alcaldía de la capital, con otro nombre. Estaba empeñado en rescatar para la belleza, precisamente, al palacio de los Capitanes Generales, convertido en una suerte de pocilga por los gobiernos anteriores a la Revolución, que habían dañado seriamente su apariencia interna y externa, con falsos techos, barbacoas, y otra serie de mamarrachos. Si no recuerdo mal, llegó al despacho de Raúl Roa, a la sazón ministro de relaciones exteriores, de la mano de Cintio Vitier y Fina García Marruz.
Ambos excelentes poetas, cubanos rellollos, católicos sinceros, defensores de la obra martiana y del pensamiento democrático y socialista, luchadores por la justicia social y por el entendimiento entre los hombres y las naciones, los Vitier habían amistado con el canciller, que conocía sus quilates intelectuales y morales, y admiraba de siempre el quehacer de don Medardo. Presentaron a Eusebio como joven emprendedor, que no dudaba en poner sus manos a la obra cuando de rescatar los valores culturales de la patria se trataba. Leal fue capaz de entusiasmar a Roa: hubo una química instantánea entre dos hombres igualmente afiebrados por sus respectivos sueños. Mi padre lo identifico de inmediato, como “el loco”; así mismo apodaban al canciller sus compañeros de lucha universitaria contra el machadato.
Hace poco, Eusebio contaba esa anécdota a varios funcionarios de relaciones exteriores, a quienes mostraba la transformación, a la altura del arte, del palacio del Segundo Cabo, extraordinario nuevo museo. Admitía el Historiador de la Ciudad que, en esa época, estaba un poco loco. Pero lo cierto es que sigue estándolo, porque su locura no es de origen psicótico ni neurótico; para nada la del Ingenioso Hidalgo, sino la de los creadores magníficos: homérica, dantesca, astigmática a lo Greco, la enfebrecida de Van Gogh. Tal vez picassiana, garcía-marquesiana, macondiana. Con el barroquismo inefable de Portocarrero en su soñar la capital con gruesos trazos de color: azul cobalto, blanco de zinc aplicado directamente con el tubo, mujeres de cabello enmarañado y florido, con ojos egipcios y sonrisa enigmática. Barroco él mismo, en su conversación y oratoria, capaz de ver las bellezas del mundo físico y moral que esconden las amadas piedras de la ciudad colonial.
Por aquellos años, en que gente obcecada y dogmática pretendía embridar la cultura, domesticarla y someterla a criterios estrechos–¡cuidado que todavía hay guardias rojos acechando!—los afanes de Eusebio eran incomprendidos o simplemente rechazados. Había quien lo tildaba de colonialista, por empeñarse en restaurar el palacio de los Capitanes Generales, como si Leal pretendiera ensalzarlos, negar los valores de nuestros luchadores por la independencia y la soberanía, ignorando la visión histórica, amplia y justiciera, que motivaban esos afanes. Además, se trataba “de un católico practicante,” de un “reaccionario,” ajeno a las ideas del “marxismo-leninismo,” de los manuales pseudocientíficos que deseaban imponernos quienes proclamaban “somos socialistas, pa’lante y pa’lante; y al que no le guste que tome purgante!” (Ello me hace recordar lo que Alfonso Bernal y del Riesgo comentara a Jorge Mañach, bajando la escalinata universitaria: Aquí, Jorge, impera la burricie. Mañach, a veces ingenuo, inquiríó: ¿Se trata de un término germánico, Bernal? No, amigo, la burricie de burro, respondió el psicólogo, arrastrando, ferozmente, las erres.)
Por suerte, esa especie de fascismo irracionalista fue liquidado por Fidel en memorables intervenciones en las que abordó el llamado “sectarismo,” la “microfracción,” sus “palabras a los intelectuales”, etcétera. Pero también, en la práctica, por el apoyo que brindó al trabajo de Leal, no sólo para concluir la restauración del palacio de los Capitanes Generales, sino de la Plaza de Armas, el Templete, el palacio del Segundo Cabo, el castillo de la Real Fuerza…¡Y todo lo que vino después!
Al elegirlo miembro del Comité Central, Fidel reconocía la obra de Eusebio, en más de un sentido fundacional, como la de su “predecesor,” el Obispo de Espada y Landa, a quien debemos mucho de la apertura cultural y obras de arquitectura de su época, sin contar el aggiornamento de la enseñanza de la física, la química y otras ciencias que impulsaron espíritus como Agustín Caballero, Varela, Luz y Caballero et al. Creo que pocos ciudadanos gozan hoy del aprecio que tiene nuestro pueblo por Eusebio Leal, entre otras, porque hace cosas útiles, para la belleza y para la gente común, para reforzar el papel acogedor de La Habana, subrayar sus valores intrínsecos y realzar los creados por la mano, el ingenio y el espíritu de sus moradores.
No dejo de sonreírme cuando nuestra prensa– oral, escrita o televisada—atribuye cualidades carismáticas sin tón ni són, a diestra y siniestra, malgastando el uso del vocablo en quienes realmente nada tienen de carismáticos. Pienso en los pocos que sí lo son, o han sido: entre nosotros, Fidel, por supuesto, Che, Camilo; antes de ellos, Céspedes, Martí, Gómez, Maceo, Mella, Guiteras. Hoy, sin temor a que alguien me endilgue el epíteto de chicharrón, como hacía el Comandante Guevara a menudo con algunos colaboradores, afirmo que Eusebio Leal es, también, un hombre carismático.
Me hubiera gustada andar con él por las calles de Nueva York, donde no coincidimos, porque, aunque no se trate de una villa cónsone con sus preferencias estéticas, es, sin lugar a dudas, el siglo veintiuno redivivo. Allí vio Federico ese mundo nuevo, regurgitado del fondo pedernal de la isla, donde braman los trenes del metro, venden pastillas de chocolate unas máquinas similares a las de Coca-Cola y corre la muchedumbre hacia las salidas, como “recién salida de un naufragio de sangre.” Está todo mezclado: la catedral de San Patricio y Los Claustros, el Museo Metropolitano y el de Arte Moderno: los imagineros del Hudson y los cantores de country en el Village Barn; los chivos esperpénticos de Picasso y la Crucifixión de Dalí; Bartók y Rimsky-Korsakov, Peete Seeger y Paul Robeson; el Empire State Building y el banco férreo del parquecito donde se sentaba a leer José Martí, a un costado de Trinity Church. No lejos de Wall Street, Battery Place y la estatua de la Libertad, denostada, con razón, por el soldado desconocido cubano.
Mas sí recorrimos, con Fidel, los Campos Elíseos; visitamos la Asamblea Nacional; el Museo de Los Inválidos y—no podía faltar—la tumba del Emperador, que para mirarla desde arriba hay que inclinar la cabeza, y si es desde el costado, subirla. En cualquier caso, hacerlo reverentemente. Tampoco era excusable no visitar Versalles, en cuyo Libro de Oro aseveró el legendario guía de nuestro pueblo: ojalá no se construyan más en el mundo palacios tan onerosos, a expensas del pueblo, para satisfacer la vanidad de los explotadores. Acudimos, asimismo, a la casa de Víctor Hugo, en la Place des Vosges, maravilla del siglo dieciséis donde hoy moran los afortunados. Quiero decir: la gente adinerada.
No sé si esa vez, o posteriormente, en Roma, andaba Eusebio enfundado en su elegante capa madrileña, obsequio de Dulce María Loynaz, asemejándole a los escritores que en los inicios del siglo veinte, y hasta bien entrado éste, poblaban las noches de los cafés en la Puerta del Sol, para escuchar los embustes de Valle Inclán (sus míticos viajes a México y otros lares), los sitios trillados de los Hermanos Quintero, teorizar a algún gramático, oír el dictum de Azorín y los elogios de García Lorca a la Escuela Libre de Enseñanza, creada por don Francisco Giner de los Ríos, que soñó un nuevo florecer de España.
Moraba Leal, en cada estancia suya en la città eterna, en una cómoda, pero sobria, habitación del Convento de las Hermanas Brigidinas, que dirigía con firmeza, pero con dulzura, su abadesa, la Madre Tekla Famiglietti. En la pequeña iglesia conventual asistía a misa los domingos y, en alguna ocasión, almorzamos juntos, invitados por la Madre Tekla, en el comedor de la planta baja, adonde acudían obispos, cardenales y embajadores a gratos encuentros dominicales en que las monjitas servían condimentos bien preparados, escanciaban vinos correctos y nos brindaban dulces caseros y quesos del Piamonte, de Parma o Cerdeña. La Madre—mejor me dice Mamma, embajador– nos obsequió a menudo vinos y quesos para nuestras obligaciones diplomáticas.
Gran amiga de Cuba, de Fidel y su familia, lo fue del Papa Juan Pablo II, quien la animó a fundar en La Habana un convento de su Orden. Los que ahora pasean por La Habana Vieja o visitan el Convento de San Francisco de Asís, habrán visto su pequeño Convento, a unos metros de donde camina El Caballero de París y ora, sentada en banco de piedra, la Madre Teresa de Calcuta. Sus monjas de aquí, como las de Roma, atienden a muchos ancianos del vecindario y alquilan habitaciones a devotos que visitan nuestra ciudad. Muy de acuerdo con la obra social de Eusebio en ese barrio, tanto tiempo olvidado y preterido.
No me he referido al legado intelectual de Eusebio, a sus trabajos sobre Céspedes, Padre de la Patria, sobre el padre Varela, sobre amigos que ya no están y asuntos de interés para la vida de nuestros coterráneos; a su labor como diputado a la Asamblea Nacional, donde ha expresado sus puntos de vista con valentía y sin cortapisas; a su obra para la televisión, Andar La Habana, que enseña y alecciona; a las publicaciones que auspicia, como la revista Opus Habana, y a los muchos libros impresos en estos años; a los honores que le han sido conferidos por nuestros Gobierno e instituciones, pero también por los de otros países e importantes universidades extranjeras. Merecidos todos, claro está. Porque Eusebio Leal es alguien que cumple bien—y espero siga haciéndolo mucho tiempo—la obra de la vida.
Esos son sus atributos más conocidos y reconocidos. Yo he preferido hablar del Eusebio cotidiano, del amigo que gusta compartir la (buena, preferiblemente) mesa y conversar de cuanto asunto interesa (nihil humanum a me alienum puto, reza el latinajo), sea o no de actualidad local, mundial, o intemporal. El amigo que, con Alfredo Guevara y Osmany Cienfuegos (otras veces con Monseñor Carlos M. de Céspedes) alegraron e ilustraron las tertulias de sobremesa de nuestra casa habanera. No he olvidado, querido Eusebio, que te debemos, junto al Cardenal Ortega, un coq au vin hecho por mí, y precedido de buen foie gras con el mejor vino posible. Mientras, ¡mucha salud, felicidad y pródiga labor en tu setenta y cinco aniversario!
La Habana, 2017
Ayer, 31 de julio de 2020, nos dejó Eusebio, tras una larga y penosa lucha por la vida, que nos tuvo en vilo todos estos meses. Nos deja su ejemplo de hombre digno, de amante hijo, de padre generoso, de leal amigo y, sobre todo, fiel colaborador de Fidel y Raúl. No cabe duda alguna: Eusebio Leal cumplió bien la obra de la vida y por eso estará con nosotros hasta siempre!

La Habana,2020

 

 

 

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