mahmud darwish,el poeta enamorado de su palestina

Por Jamila Medina.

«La poesía de Mahmud Darwish (1942-2008), desde Hojas de Olivo hasta Como la flor del almendro o allende –pasando por Enamorado de Palestina, Al final de la noche, Los pájaros mueren en Galilea, Nupcias, Asedio elegíaco al mar, Veo lo que quiero, Once astros, El lecho de la extranjera, ¿Por qué has dejado al caballo solo? (o El fénix mortal), Estado de sitio y Mural– resulta una relectura de la tradición bíblica y mitológica y, sobre todo, un canto plural acerca del exilio y la nostalgia palestinas, sazonado por ambiciones, barbaries, fundamentalismos e integrismos. Sin embargo, tanto los textos de esta selección, como la actitud dominante de Darwish hacia la poesía y la política (reflejada en tres invaluables entrevistas), nos revelan una literatura comprometida con el terruño, y ante todo con la patria de las palabras, con la vida de sus habitantes, con sus voces y anhelos. Lirismo épico ha dicho Yannis Ritsos, para referirse al mosaico de seres que pueblan los versos de Darwish, quien ha construido, justamente, un mural con esos desvelos, rabias y esperanzas, quien ha dejado que “los ataúdes de la catástrofe” y “las gargantas de los muertos” (“sanos y salvos”) resuenen y “tomen la palabra”, pero también ha retratado a los vivos: ora a la madre, al padre, al hermano, a los mártires, ora la aldea y su pozo, ora a los refugiados, ora al forastero con su casaca de botones brillantes…

A pesar de que la traducción no nos permite acceder a la musicalidad de la lengua árabe, sus metáforas y reiteraciones nos abren un reino plagado de símbolos y alegorías, que nos son y no nos son ajenos. La hambrienta, la airada dignidad de un exiliado (“sin patria/ sin bandera/ sin dirección”), que tiene solo la bolsa de pan que lleva consigo y algunos baúles podridos que arrastra por las calles, pero que les silba a las muchachas, acodado sobre los muros, en el fulgor de sus 20 años, mientras le asegura a sus padres que se siente bien, envuelto en su único traje (ya zurcido) y preguntándose en la noche por la chimenea y el umbral que dejó, preguntándole a la noche si recordará a un refugiado sin sepultura. La sangre como un hilo de aceite que alimenta la lámpara de la libertad. La esperanza de la miel, los viñedos, el mantel y la puerta. El naranjal siempre verde, encerrado tras los muros. El país del retorno como un pájaro perdido y aplastado, del que aún se espera que broten plumas: Palestina de ojos y tatuajes, “tendedera/ para los paños de sangre”, “pañuelo de pestañas”, vitualla para el viaje y roca “inquebrantable”, que no se abandona; como un nombre que sabe en la “boca, reseca y polvorienta”, a “vino envejecido en jarras”. La rosa salida del diccionario: germinada abruptamente en la frente de las rocas. El mechón de pelo de la madre, sujetando al poeta como “un hilo que brilla en la cola de [s]u vestido”. Los pañuelos del adiós: como mortajas. Aldeas segadas como la de Kufr Kasim y sus “cincuenta sangrantes melodías”, soñando con violetas, espigas y bodas de palomas. La zarza del odio sembrada en el alma y en los ojos, en el Sahara del corazón, después que llamaron en su puerta, en todas sus puertas. Las alas del gorrión, olvidadas de saludarse, detenidas. La “esponjosa carne de la sombra”, donde habita el caballo de madera, roto. Y bajo “las botas de la noche”: el llamado del deseoso, soñando con el aroma de los almendros, soñando con el aroma de los almendros, y pidiendo no “una carga ligera”, sino “una espalda poderosa”. Los “caballos de los bárbaros”, ensillados en el valle, sin que sepamos por qué. Las dos lunas: una en lo hondo y otra en lo alto, sobrevolando el pozo. La piel de naranja de la palma de las manos árabes; los gajos de naranja de su sol, y ellos recordando cómo salieron de casa: “como el viento por la puerta”. El cuervo de Dios escarbando la tierra resquebrajada, para mostrarle a Caín dónde sepultar a su hermano… “Palabras arrancadas, como plumas” y un brocal en el que inclinarse a beber para aullar con los muertos. El exiliado como un zombi, como un muerto en vida, recostado en el fondo del pozo, donde le arrojan cáscaras de plátano. La tarde, el cielo como montura y el olor del café árabe sobrepasando las fronteras, más allá de “las colinas expuestas al verano/ y al forastero”, que pende sobre el valle como “una berenjena madura”.

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