eliseo diego, mérito de un prólogo

Por Rafael Amador Díaz Pérez,

La Habana 30 de junio 2020.

Muchas veces obviamos los prólogos, los desatendemos al punto que si el libro nos cautiva es entonces que, diríamos, retrocedemos a indagarlos, cuando su condición suponía prioridad. Y es que algunas veces este complemento estructural del libro pierde su lustre, se torna dispensable. Mero proscrito que si acaso, nos lleva a senderos descaminados, torcidos, porque no se remitió a su esencia y lo que alguna vez debió compensar fundamentos, concluye prescindible, extraviado por algún atajuelo sin saber adónde iba.

Esto no sucede con el Prólogo que hiciera Eliseo Diego para el libro “Poesías, Gabriela Mistral”. Colección literatura latinoamericana. Casa de las Américas, 1967, La Habana, Cuba.  Es éste más bien, la antípoda de cuanto negativo pueda afirmarse de tales términos. Intento traerlo a la luz esta vez, no sólo a propósito del centenario del genial poeta cubano que con admiración y respeto conmemoramos el 2 de julio. También porque es un análisis, un estudio realizado por Eliseo que, aunque ya sobrepasa el medio siglo de autoría, debe ser siempre suficientemente conocido, tenido en cuenta, estudiado.

Primero para que reafirmemos la línea marcadamente rigurosa del Eliseo Diego, eminente poeta pero también, irrebatible ensayista. Lo otro sería para quienes intenten conocer de forma acuciosa y esencial la obra y la  vida de la ganadora del premio Nobel 1945, a quien Eliseo en ese proemio (no es un grueso tomo ni un amplio volumen, más bien breve, abarca a lo más seis páginas), resumió de forma imprescindible vida y obra de Gabriela.

A principio de 1905 cierta aldea chilena con el curioso nombre de La Compañía fue objeto de una visitación tan extraña como tremenda. Nadie se dio mucha cuenta de quién llegaba, en un comienzo, a no ser los niños de la escuela, si bien frente a ellos asumió un aspecto de risueño esplendor que los demás no podrían ni siquiera imaginarse. Para unos y otros tratábase sencillamente de una muchacha alta y esbelta, casi rubia, taciturna, cuyos ojos verdes apenas conseguía velar el poderío, la fuerza primigenia que ardía detrás —así como debió arder la divinidad entre los ojos también claros de Palas. Decía llamarse Lucila Godoy —y era la nueva maestra rural”.

Así, de forma sencilla, casi tierna el poeta nos prepara, nos enfrenta a conocer la que antes fue “una muchacha alta y esbelta, casi rubia, taciturna…” devenida después en la gran Gabriela Mistral.

Y a continuación de tal austero y humilde preámbulo, el poeta nos alerta entonces de algo que vendría detrás, algo que se avecinaba y utilizando un “gancho” dramatúrgico tan elemental como incomparable nos advierte:

Muy pronto iba el pueblo a saber, en la persona de uno de sus miembros más inconspicuos, hasta qué punto era peligrosa su cercanía…”

Aquí se refiere el poeta al destino fatal que marcaría la relación de ambos y especialmente la vida del infortunado muchacho chileno novio de Gabriela. Y es que, por supuesto Eliseo sabía que intentaba retratar a una mujer que pudo erigirse de guijarro minúsculo a la talla del Ande.

Hay apuntes en este prólogo realizado por Eliseo que denotan lo curioso, el tópico tan trivial como necesario que más que conceptual nos da un resultado casi fotográfico. Es así que refiriéndose al amado suicida dice:

sus quietos ojos solemnes rodearon por primera vez a un joven empleado como tantos otros, feliz desde la punta de los zapatos de charol hasta el extremo del pelo reluciente”.

Y cuando en su estudio el cubano parece que tratara de advertir o de alterar, ya inútilmente, por supuesto, el irrebatible curso de la trágica historia de Gabriela (todavía Lucila) y Romelio que el tan bien conocía, refiriéndose a este último acota, casi denotando pena e impotencia; velados sentimientos que ya no pertenecen al hombre ensayista, sino al ser sensible y maravilloso que fue Eliseo. Sentimientos que saltan fuera de cualquier soporte donde se hayan escrito más allá del papel y su tinta, como una adversidad corpórea, indetenible pero muy de él:

Para desdicha suya se le había acercado justamente lo opuesto de la norma.

Y a continuación emite según considero, un sentir, un criterio, uno de los axiomas más atinados y trascendentes que haya escrito un cubano sobre Gabriela:

se le había acercado nada menos que la criatura por quien esperaban las tierras americanas desde hacía más de cuatrocientos años.

Eliseo en este prólogo demuestra no sólo el conocimiento de la obra de la chilena, sino además, una profunda admiración por la mujer que permitió que una latinoamericana, en un año ya bien lejano como 1945 se alzara con el mayor premio literario que se confiere a un escritor.

Él la ve como la mujer enérgica y sensata que más tarde se vio deambular de una a otra de las tierras del continente Americano, inundándoles la aspiración que les advertía de tenerla; la retraída en todos los lugares, la distante, la madre de la hermoso lengua hispánica.

Puede hablarse mucho más del prólogo del escritor cubano Eliseo Diego para su antología de Casa de las Américas en 1967, pero considero más atinado invitar a todo el que pueda a su lectura. Hay muchas partes que son sencillamente emotivas, otras son asombrosamente profundas en función del rigor investigativo y tanto más a favor del análisis poético. A propósito de esa visión de Eliseo sobre los poemas de la chilena quiero concluir este pequeño homenaje tanto a uno como otro, pero sobre todo al cubano de quien ya conmemoramos-celebramos su centenario con sus palabras sobre el libro “Desolación” de Gabriela, que para muchos será siempre el mejor y donde aparecen los famosos sonetos que aún patéticos por esencia, como trampolín la catapultaron a la fama:

Dos versos desnudos, escuetos, debieran abrir nuestra selección como irrumpiendo en un absoluto silencio expectante: “Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajaré a la tierra humilde y soleada.” Tal es el comienzo de los “Sonetos de la Muerte”, centro de la desolación que da título a aquel libro, y en la autoridad irrecusable del arranque en su lanzar el primer verso desde una preposición, brutalmente; en las palabras escogidas, donde hasta los adjetivos están hechos al roce de la mano; y el rumor general, no literario, no trabajado, reconocemos ya la voz que servirá para nombrar las materias del mundo que la estaban anhelando”.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *