el mito de la luz y el silencio

Para Eliseo

 

Como pesa mi nombre, que maciza

paciencia para juzgar sus días en esta isla

pequeña rodeada de Dios en todas partes

 

  Eliseo Diego

 

Pesa tu nombre, el silencio de la quinta soledad,

juegan la penumbra,  las honestas pajillas, el dril blanco y

las diversísimas cubiertas que fueron la sal del mundo.  

 

Amén. Me trago la sal, el antes que domina, la solitaria vejez de algún poema.

La más humilde huella traspasa la luz,

los jugos del silencio, el polvo y la Calzada siguen siendo los mismos.

 

La memoria será la Doña Eterna.

 

No voy a discursar el valor absoluto de la palabra que tuvo voz,

la confabulación de la sonrisa,

el espinazo del pez como un aviso de quimera.

La memoria desmenuza la sencilla túnica de:

la hoja del plátano,

el trébol de cuatro hojas,

el cocuyo,

la bijirita y otras fervientes criaturas.

 

Aún orea un sol de coraje en la garganta,

el gemido de la prole,

los tegumentos de la Isla,

lacronofagia del poema que no acaba nunca,

el hambre de  identidad,  los ojos del lagarto (alucinados)

en la circunstancia de la igualdad de todos los iguales.

 

Aún nos cobija  la sombra de Olófi en sus múltiples versiones,

los presagios  adivinan los sacramentos de la Isla

socavando  los miles de corales, el último paréntesis de las olas.

 

Pienso en el horno, en el carbón que vuelve a ser diamante.

En todos los sobrevivientes del mismo verso,

con la diferencia del que no tiene nada más que el nombre.

 

No me abstengo de la burla, de la poesía y un poco de homenaje.

El mito de la Isla me devuelve las ganas de escribir trozos de historias,

la nostalgia, un advenimiento.

La familia dispersa en una taza de café, acendra el discurso existencial y puro.

Aún me quedan palas para desenterrar muchos poemas.

Mientras tú y yo, Eliseo, conversamos.

 

 

Thais Margarita Ballenilla Rodríguez

Poeta de  la UNEAC

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