el 26 de julio en los versos de carilda

La poetisa matancera Carilda Oliver Labra fue una de las voces que legitimó en su obra la gesta del 26 de julio de 1953; para ella aquellos jóvenes eran profetas que “salidos de las entrañas de nuestra tierra, vestían de ilusión al pueblo”.

De su poema Canto al Moncada, aquí les comparto algunos fragmentos.

Sonó el viril alegato
entre bayonetas fieras.
¡Con qué vuelo de banderas
apoyaban su arrebato!
Desde el perfil al zapato
criollo como el yarey.
Profeta de nueva ley,
honda esperanza de todos,
en medio de tantos lodos
lengua le vino de Hatuey (…)

(…) Del campesino es la tierra,
y Cuba de nuestra aorta.
La cárcel ¿qué nos importa?
¡Habrá mañana, habrá guerra!
(Ya lo escuchaba la Sierra,
aun escuchándolo está)
Y hubo otro ¡no! en Baraguá
cuando patético y puro
dijo con fe en el futuro:
¡La historia me absolverá!

También con sus versos conversó con Abel Santamaría Cuadrado, aquel joven al que los esbirros arrancaron los ojos antes de matar.

Conversación con Abel Santamaría

Miras, Abel,
sin ojos en la tierra.
Tu mirada viene de lo que no abandona la belleza.
Aquí está derramada
como cuidando el sesgo de tu isla,
la lucha del mar por sostenerla;
ayuda al balanceo de las palmas,
agrede nuestro miedo.
¿ Quién le dice: párate;
quién la vuelve a esa cuenca desolada?.
 Miras, Abel,
y se revuelve el hambre de los pobres.
Miras, y arde
la libertad de los hermanos secos,
enterrados a pulso
frente a los sinsontes.
 Aquí convoco
tu córnea interminable
persiguiendo el mal con una lágrima,
la pupila
oráculo de tu hermana,
rebelde,
pariendo luz dentro del polvo.
Yo no me enluto,
yo no sollozo.
Yo oigo tu mandato
y me apoyo en ti como en un talismán,
como en un aire de yagrumas,
como en un himno.
Tú eres el único que ahora ve en las tinieblas,
porque aquí ya todos somos ciegos.
Danos tu mirada.
Es fuerte como la primavera del milagro.
Ampáranos con tu: ten mis ojos, Cuba.

Al líder indiscutible de aquella acción, Fidel Castro Ruz, le escribió Carilda uno de sus más conocidos poemas.

Canto a Fidel

No voy a nombrar a Oriente,
 no voy a nombrar la Sierra,
no voy a nombrar la guerra
–penosa luz diferente–,
no voy a nombrar la frente,
la frente sin un cordel,
la frente para el laurel,
la frente de plomo y uva:
voy a nombrar toda Cuba:
voy a nombrar a Fidel.

Ese que para en la tierra
aunque la luna lo hinca,
ese de sangre que brinca
y esperanza que se aferra;
ese clavel en la guerra,
ese que en valor se baña,
ese que allá en la montaña
es un tigre repetido
y dondequiera ha crecido
como si fuese de caña.

Ese Fidel insurrecto
respetado por las piñas,
novio de todas las niñas
que tienen el sueño recto.
Ese Fidel –sol directo
sobre el café y las palmeras–;
ese Fidel con ojeras
vigilante en el Turquino
como un ciclón repentino,
como un montón de banderas.

Por su insomnio y sus pesares
por su puño que no veis,
por su amor al veintiséis,
por todos sus malestares,
por su paso entre espinares
de tarde y de madrugada,
por la sangre del Moncada
y por la lágrima aquella
que habrá dejado una estrella
en su pupila guardada.

Por el botón sin coser
que le falta sobre el pecho,
por su barba, por su lecho
sin sábana ni mujer
y hasta por su amanecer
con gallos tibios de horror
yo empuño también mi honor
y le sigo a la batalla
en este verso que estalla
como granada de amor.
Gracias por ser de verdad,
gracias por hacernos hombres,
gracias por cuidar los nombres
que tiene la libertad.

Gracias por tu dignidad,
gracias por tu rifle fiel,
por tu pluma y tu papel,
por tu ingle de varón.
Gracias por tu corazón.
Gracias por todo, Fidel

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