aquí no pasa nada, no es más que la vida…

Por: Zurelys López Amaya

 

Muchos tienen hermosas historias sobre el poeta Eliseo Diego, un poeta con el que me hubiese gustado conversar alguna vez. Y aunque nunca sucedió ese encuentro, fue uno de los primeros autores que leí cuando aún vivía en mi pueblo natal de San Antonio de los Baños. Allí, donde nos reuníamos una vez por semana, creo que los miércoles si mi memoria no falla, con los amigos del Taller Literario “César Vallejo”. Entre los que se encontraban: Salvador Ferrer, Rolando Jorge, Miguel García Ordaz, Mercedes Valdés, entre otros que ahora no recuerdo bien. Con el excelente Asesor Literario Nelson Llanes, y luego Olga Mari.

También participaba algunas veces con nosotros la narradora, Ena Lucía Portela, que en aquel entonces solo tenía quince años, y en ese momento pasaba sus estudios en la Escuela Vocacional de Humboldt 7.

Dentro del Taller intercambiábamos magníficos libros. Algunos que todavía conservo, porque terminaron siendo regalos de mi querido amigo ya fallecido, el poeta  casi olvidado Salvador Ferrer. Incluso, libros que eran prohibidos en esa época.

Así fue como cayó en mis manos la primera edición de “La Calzada de Jesús del Monte”.

Luego llegaron muchos más. Libros que la gente se pasaba de mano en mano, que leían y releían para luego comentar sobre ellos. Admiraban al poeta y declamaban sus versos de memoria como En la Calzada de Jesús del Monte : “El sitio donde gustamos las costumbres/ las distracciones y demoras de la suerte / y el sabor breve por más que sea denso / difícil de cruzarlo como fragancia de madera / El nocturno café/ Bueno para decir: Esto es la vida / confúndanse la tarde y el gusto / no pase nada / todo sea lento y paladeable como espesa noche / Si alguien pregunta díganle: Aquí no pasa nada, no es más que la vida…”

Recuerdo que en ese mismo tiempo cayó en mis manos el libro de Antón Arrufat, La huella en la arena, libro que me bebí como Lirios sobre un fondo de espadas, que vino unos años después, y que me sugirió mi querido amigo Juan Carlos Valls. Igual otros como José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Jorge Luis Borges, el propio Cesar Vallejo, Lina de Feria y tantos otros que no dejan de ser importantes, incluyendo mucha literatura extranjera.

Cuando leí por primera vez a Eliseo, recibí algo innovador que superó etapas complejas en mi escritura, y su lenguaje coloquial me ayudó a madurar y modernizar mi propio estilo. No sé si él escribía influido por las vanguardias, pienso que sí, todos tenemos ese escudo protector como guía, ese don de recepción para atravesar obstáculos y llegar al conocimiento y esclarecimiento de una etapa que ya culminó. Eso que a veces no asimilamos sin la base anterior de nuestros antepasados literarios. Por eso es que las lecturas que hagamos es el beneficio del creador, pueden convertirse en asideros que nos llevan a fortalecer nuestro propio lenguaje, nuestro espíritu literario. Eliseo formó parte de ese mito para mucha gente. Eso sucede generalmente cuando leemos a un autor que nos interesa.

Así conocí a Eliseo Diego entre mis lecturas, gracias a los amigos que siempre recuerdo con mucho cariño estén donde estén.

Entre él y yo nunca sucedió ese milagroso encuentro de palabras como cuentan los amigos que le conocieron. Nunca compartí en sus tertulias como me hubiese gustado, ni visité su casa. Pero sí pude verlo de frente una mañana, y saludarlo como se saluda a un artista que no desea ser descubierto. Muy sencillo, afable, y hasta sonriente. Lo recuerdo bien, como si fuera un personaje de otra época. Parado en medio de la acera por la calle G, del Vedado capitalino. Lo recuerdo así, como si fuera hoy.

Yo iba despacio como pensativa, algo entretenida como somos los acuarios, y casi tropezamos. El andaba con su perro, y creo que un bastón. Fue hace muchos años. Pedí permiso para pasar. Él pidió disculpas. Entre el árbol, su perro y yo hubo miradas, una sonrisa acompañada de un “disculpe, casi ingles”. Al virarme para agradecerle, me saludó amablemente, como hace un caballero de verdad.

Yo, por supuesto me ruboricé porque al instante supe quien era. Don Eliseo Diego, como diría un amigo que tampoco está. No voy a negar que tuviera deseos de hablarle, de preguntarle algo, cualquier cosa. Al menos eso.

 

 

 

 

 

 

 

 

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