en versos, un bocado de oxígeno

Giselle Lucía Navarro reencarna la imagen de una voraz escritora. Quizás como ella misma dice, el poeta no tiene edad. A veces las personas son jóvenes, pero dentro de sí vive un alma vieja; hay quienes ya mayores pueden ser como niños.

Autor: Liannet Gómez Abraham

Fotos: Cortesía de la entrevistada

Declama Dulce María Loynaz que «amor es resucitar», creo que resucitar es volver a vivir. La entrevistada — aunque no lo diga literal — me lo confirma. Entonces, pienso que un renacer se adueña de la mente de las poetas. ¿Dónde fuiste tú antes de escribir la asimetría de aquellos versos?

Su viaje por la vida es mucho más largo de lo que me cuenta — puedo intuirlo. Una suerte de misterio la hace rasguear sobre caminos desdibujados entre dos vidas. Corro el riesgo de decirlo abiertamente: su poesía viene con aura diáfana.

Giselle Lucía Navarro reencarna la imagen de una voraz escritora. Quizás como ella misma dice, el poeta no tiene edad. A veces las personas son jóvenes, pero dentro de sí vive un alma vieja; hay quienes ya mayores pueden ser como niños.

No podría descifrar con certeza cuál de las dos almas recorre la esencia de la joven. Tal vez la combinación de ambas hace que escribir sea su motivo de vida.

«La literatura llega prácticamente cuando comienzo a leer y escribir. Mi abuela fue quien me enseñó. Pasábamos mucho tiempo en casa y me contaba historias. Fui desarrollando cierta sensibilidad a la hora de redactar. Pasaba todo el día ilustrando y escribiendo.

«A veces los cuentos eran versiones de películas que había visto, de cosas que me llamaban la atención. Recuerdo que los escribía en hojas, los ilustraba y encuadernaba. Me gustaba ver el producto terminado».

Mientras algunos ven en prácticas infantiles una vía de entretenimiento temporal, Giselle Lucía — como después firmaría en sus libros — decidió tomarse en serio la literatura e hizo de la poesía una necesidad espiritual.

Años de entrenamientos la esperaron en el grupo Silvestre de Balboa, que pertenecía a la Asociación Canaria de Cuba. Allí Rafael Orta Amaro más que un profesor se convirtió en el primer editor de todo cuanto escribía. Llegó a su vida el mundo literario y con él, las tertulias, los concursos y su primer libro: Música de Aguas.

La versatilidad se fue adueñando de los dotes de Giselle. Desafió las predicciones de muchos y supo llevar de las dos manos el mundo del Diseño y la Literatura.

«Por cosas del destino decidí estudiar en el Isdi. Era un contexto diferente, totalmente aparte a la Literatura. Quizás muchos piensen que el Diseño es más superficial, efímero, porque estamos fijándonos en cosas que para los intelectuales pueden ser banales o frívolas. En realidad no lo es, constituye otro tipo de poesía visual, más cercana a las necesidades cotidianas que tienen las personas».

Aunque la prioridad para ese entonces fue su carrera universitaria, la joven no abandonó la pasión por el arte de escribir. Su ingreso al Centro Onelio Jorge Cardoso le permitió compartir con grandes maestros de la literatura nacional. Además, se mantuvo en el mundo literario como profesora del grupo Silvestre de Balboa, en esos años escribía mucho y, desde luego, lo respiraba en todo momento. «El Centro confirmó lo que ya sabía: el escritor no solo de escribir bien, sino también ser buen persona», sostiene.

Esa misma dualidad que la hizo navegar en dos entornos distintos, supo utilizarla en el mundo de la Literatura. No solo incursiona en la poesía y la narración, sino también en el ensayo y la literatura para niños. No obstante, expresa su inconformidad por las etiquetas: «por momentos soy más poética, más narrativa; por instantes busco el ensayo, siempre con la visión poética, y narrativa».

La escritora no dirige su obra a un público o a una edad determinada, sino que trata de romper esas barreras y etiquetas. Sus textos, dice «son como El Principito, sencillamente para el ser humano».

Sinceridad y limpieza para conducir a la reflexión mediante la palabra, resultan las principales líneas que transversalizan el quehacer productivo de Giselle Lucía. «Me valgo de todo lo que me emociona. Puedo escribir de cualquier forma, ya sea cansada, deprimida, feliz, siempre que haya algo que me impulse; siempre tiene que existir ese pequeño destello».

¿Qué deberían potenciar los jóvenes escritores?

«Los escritores que comienzan no deberían centrarse en los triunfos o en tener un nombre. Deben concentrase en tener una obra, buscar su propia voz. Tampoco deben desesperarse a la hora de escribir, el momento de cada uno llega más tarde o más temprano. Su momento real es aquel en el que está escribiendo la obra. Un premio te da la posibilidad de publicar un libro, te da visibilidad, pero también crudezas. Pero el escritor joven debe tratar de conservar la inocencia y la frescura con la que percibe la vida, debe buscar y mirarse siempre hacia adentro», afirma.

Anda, inspírate. Traza entre versos ese otro viaje

Veo entre líneas más de lo que pudiera leer. Su palabra convence. Se me inquieta la piel. Hace que la bala me atraviese. Más bien deja que la munición recorra todo mi cuerpo y el de cada lector. No somos los únicos «baleados», franquea también cada parte de su más reciente libro.

Criogenia — en proceso de publicación por Ediciones Unión — es el primer libro de poesía para adultos de Giselle Lucía, que saldrá a la luz, después de Contrapeso, editado recientemente por colección Sur de la Uneac. Es una especie de recorrido humano, de estructuras anatómicas y de viajes interiores.

«El libro surge en un momento difícil de mi vida. Criogenia era el estado en que me encontraba en ese momento; tenía 22 años y sentía la necesidad de no quedarme callada. Traté que el libro brotase como puede brotar un sorbo de oxígeno por la boca. Fue una mirada hacia el ser humano y por eso, me miré hacia adentro, me fui desmembrando».

En apariencia, una estructura anatómica reúne estos poemas de la autora, quien confiesa que meditó mucho para seleccionar los títulos una vez terminados los poemas, que nacieron velozmente en pocas noches de escritura. Algunos tienen nombre de órganos, otros se combinan con recursos y símbolos para ajustarse a la esencia del propio libro.

«Cada poema brotó y traté de asociarlo a lo que socialmente se concibe de ese órgano. El poema “Espaldas”, por ejemplo, sugiere otras miradas. La espalda es la parte del cuerpo donde uno carga y soporta cosas, el lugar que representa la traición, el símbolo de una persona como cuando se va y no acepta algo; también es fortaleza», explica.

Entonces, aparece la dichosa bala hilvanando cada verso, y aunque hay significados que la poeta prefiere guardarse, sugiere: «la munición pudiera simbolizar el golpe que hace que una persona despierte o se ponga en movimiento; es también un símbolo entre lo vivo y la muerte, la enajenación y el estado consciente. La bala puede matar, pero ¿qué pasaría si la bala te da y no te mata o si la bala se demora tiempo dentro de ti y después es que mueres, o si en vez de herir te cura? Digamos que cuando escribí el libro me había tocado la bala y cuando terminé estaba en estado de criogenia y desperté», confiesa.

Conceptualmente, Giselle se deslinda de la idea propia de la muerte en esta obra. Cuando la aborda lo hace para referirse a una transformación. Es un proceso de crecimiento. «Ese límite existe en la conciencia de los seres humanos, en realidad nunca estamos muertos porque cuando fallecemos nos transformamos. La naturaleza es un ciclo constante y creo que ese hilo me permitió abordar y enlazar un poema con otro, viendo siempre a la muerte como un punto de mutación», comenta.

Y una vez más quisiera preguntarle a Giselle Lucía, cuál fue su viaje para escribir estos últimos versos; tal vez no necesito saberlo. Leerla es la sensación de un bocado de oxígeno. Eso es mejor que cualquier respuesta para rediseñar el alma.

( Tomado de la revista Alma Mater)

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