pensando en clave de “raza”

Víctor Fowler • Cuba

tomado de :www.lajiribilla@cubarte.cult.cu

Fotos: Internet

 

 

El reciente anuncio de una reunión del Consejo de Ministros, el pasado 21 de noviembre, en la cual fue dado a conocer “el Programa Nacional contra el racismo y la discriminación racial, que se ha concebido ‘para combatir y eliminar definitivamente los vestigios de racismo, prejuicios raciales y discriminación racial que subsisten en Cuba’” es una noticia cuando menos trascendente. Ideado, según la nota de prensa[1], como un “Programa de Gobierno” e integrado “al sistema de trabajo del Presidente Díaz-Canel” (es decir, bajo su supervisión directa y sin mediadores), el Programa contará con una “Comisión Gubernamental” que estará encargada de “coordinar tareas” y será “encabezada por el Presidente de la República”. La nota menciona que entre los objetivos del Programa se encuentran: “identificar las causas que propician las prácticas de discriminación racial; diagnosticar las posibles acciones a desarrollar por territorio, localidad, rama de la economía y la sociedad; divulgar el legado histórico-cultural africano, de nuestros pueblos originarios y de otros pueblos no blancos como parte de la diversidad cultural cubana; y fomentar el debate público organizado sobre la problemática racial dentro de las organizaciones políticas, de masas y sociales, así como su presencia en los medios de comunicación. Además de ello, en la nota son citadas palabras de Díaz-Canel en las cuales, si bien es señalado que “todo el mundo reconoce que nuestra Revolución ha sido posiblemente el proceso social y político que más ha aportado a eliminar la discriminación racial”, también se expresa que “subsisten todavía algunos vestigios, que no están por política en nuestra sociedad, pero sí en la cultura de un grupo de personas”. Entre los denominados “vestigios” son especificadas “manifestaciones de racismo en los chistes” así como en “determinadas actitudes a nivel social, por ejemplo, en el sector no estatal con algunas convocatorias de plazas que especifican el color de la piel”.

Si lo primero, los chistes, son un fenómeno cultural y de comunicación, y lo segundo, la convocatoria a cubrir plazas, corresponde a la esfera del trabajo, ambos puntos se unifican en que los dos desvalorizan al mismo grupo históricamente más desposeído, explotado y empujado a una vida de pobreza estructural y, en no pocas ocasiones, marginalidad. De esta manera, un suceso de la esfera del ocio (el chiste) se combina con otro en la esfera del trabajo (la convocatoria a ocupar plazas) para formar un continuo hostil para el mismo conjunto social. En el interior, o debajo de ese tejido que rodea a la persona, las dinámicas del chiste obedecen a una normativa que supone inferiores a los sujetos racialmente marcados como “Otros” (por ejemplo, “los negros”); este hecho de comunicación, generalmente constituido por gestos cómplices o unas pocas palabras, suele esgrimir su inocencia ante cualquier acusación o señalamiento repitiendo que solo es eso, un chiste. Sin embargo, la racialización del trabajo convierte en exclusión real el contenido depreciativo de aquello que, en el chiste, se presenta como un inocente deseo de alegrar determinado ambiente.

 

II

 

Imaginemos un gran mapa animado donde podamos ver la aparición y entrecruces en el tiempo de aquellos elementos que nos forman. Apelando a una descripción muy básica, seríamos un espacio al cual llegaron europeos, en su gran mayoría de raza blanca, conquistaron y colonizaron lo que estaba poblado por nativos americanos; veríamos a continuación de qué modo estos últimos fueron severamente dañados durante la conquista y colonización, exterminados o muy diezmados; más tarde, cómo fue que —buscando remplazarlos como mano de obra— comenzó la importación de esclavos africanos negros; a continuación, recuérdese que contemplamos un mapa animado, la vida experimentaría una aceleración violenta cuando, bajo el impulso del desarrollo de la economía de plantación azucarera, el trasiego desde África de los esclavos negros se dispararía a cifras de largas decenas de miles.

A este primer corte cualitativo seguiría, a la manera de reflujo, el comienzo de las guerras de independencia contra el poder colonial español y la extraordinaria excepcionalidad cubana según la cual —como parte de este ímpetu anticolonial— no solo pelearon blancos y negros en el Ejército Libertador, sino que una cantidad significativa de negros y mulatos alcanzó importantes posiciones de mando. Esto último, que miembros del grupo subalterno compartieran durante la guerra el poder efectivo dentro del Ejército Libertador, es la particularidad cubana, uno de nuestros más valiosos mitos fundacionales, y dio nacimiento a un constructo sociocultural cuyos efectos se mantienen hasta hoy. Para el sujeto de la otredad o “raza” negra, en condiciones de subalternidad, el mito de su empoderamiento durante las luchas anticoloniales, así como su fusión visceral con la noción de independencia nacional, corren en paralelo al gesto identificador y absoluto en su radicalismo del extremo más temido y libre de la “raza”, el cimarrón; ese gesto es el de la renuncia a todo diálogo con el amo porque la fuga pone al esclavo en un punto, un posicionamiento, en el cual no hay nada ya que dialogar, sino solo blandir el arma de trabajo, el machete, y decirle al amo: “ven a buscarme”.

Si a lo anterior agregamos que el espacio descrito igualmente recibió a miles de chinos en condiciones de semiesclavitud; que en la primera mitad del siglo XX el principal vínculo político-económico de la Isla, así como la lealtad ideológica de los sectores más reaccionarios dentro de sus élites políticas, fue con los Estados Unidos, lugar donde el racismo antinegro se extendía a todos los ámbitos; que en el año 1959 en la Isla tuvo lugar una Revolución socialista que reorientó hacia el mundo socialista las lealtades políticas, económicas, sociales, militares y culturales; y, finalmente, la desaparición del sistema socialista europeo y la introducción de elementos de mercado en la vida cotidiana de la Isla, es lógico suponer que las dinámicas de la racialidad en el país han resultado afectadas, conmovidas, sacudidas por cada uno de los acontecimientos señalados.

Con todos estos indicadores “actuando” y moviéndose a lo largo de nuestro mapa imaginario, es comprensible que estamos ante una realidad cargada de dinamismo, donde cada elemento, cada mínimo cambio, cada sustantivo o adjetivo adquiere implicaciones enormes porque habla de luchas (abiertas u ocultas, puntuales o extendidas, débiles o encarnizadas) en las cuales el poder político se entreteje con el militar, económico y la hegemonía cultural. El espacio del que hablamos tiene en su cimiento un duro pasado colonial, con fuertes presiones y barreras para el ascenso social de negros (esclavos o libres), chinos y blancos pobres (fueran estos hispanos o criollos); barreras y presiones se traducen en la presencia de estos grupos subalternos dentro del aparato político, en la cantidad y calidad del patrimonio que poseen y en su presencia y dominio del espacio simbólico. A medida que el tiempo ha pasado y que han cambiado las características del contexto, así ha cambiado la significación de pertenecer a cualquiera de estos grupos.

 

III

 

A todas luces, la creación de la mencionada Comisión Gubernamental significa que el racismo “está ahí”, vive y merece toda la atención; es un factor del presente cargado de pasado, de divisiones coloniales y desposesión, de acumulación monetaria y dolor, represión, despotismo y crimen. Al hablar de la esclavitud en su novela Francisco, escribió Anselmo Suárez y Romero: “… ha esparcido por nuestra atmósfera un veneno que aniquila las ideas más filantrópicas, y que sólo deja en su rastro el odio y el desprecio hacia la raza infeliz de las gentes de color”. La imagen del racismo que el autor nos brinda es perfecta en su capacidad de reunir un cuarteto de elementos decisivos:

Al encontrarse “esparcido” por la atmósfera, el racismo no está o se detiene en un lugar exacto, sino que, como un gas, viaja hacia todas partes; al estar cargado de “veneno” destruye cuanta vida topa en la misma medida en que se extiende; al aniquilar las ideas “más filantrópicas” abandona cualquier máscara y se manifiesta como una variedad del egoísmo extremo y la ausencia de empatía; no tiene ningún contenido positivo, sino solo “odio” y “desprecio”.

¿Qué hacer y cómo localizar esto que se filtra o infiltra, muta y cambia, se esconde, se protege detrás de expresiones de inocencia? Cuando en el siglo XIX cubano estaba legislado que si un negro y un blanco se encontraban en la calle, el negro estaba obligado a dejar la acera para el blanco y a saludarlo, estamos ante un caso de racismo sancionado, instrumentado, vigilado y enseñado por un Estado. En cambio, cuando alguien señala hoy a un grupo de personas con indicadores de origen afroide (tipo de cabello, color de piel, nariz ancha, labios prominentes) y, pidiendo complicidad, pronuncia una frase como: “Tú sabes…”, “Es que ellos…”, “Ellos son así…” u otro intento por el estilo de aislar al grupo y colocarlo en una posición desvalorizada, lo racista es apenas susurrado. La aceptación o no contestación ante el susurro es justo el tipo de complicidad activa o silencio tácito que el acto racista necesita.

 

IV

En el documental Traces of the Trade: A Story from the Deep North, hay un momento en el cual varios descendientes de la familia DeWolf, en Bristol, visitan el museo de historia de la ciudad. Saben que provienen de una de las más reconocidas familias de esclavistas en los Estados Unidos y quieren averiguar cuanto puedan del pasado lejano: ¿quiénes lo hacían?, ¿cómo era?, ¿qué pensaban los demás? El museo recibe a estas personas y los enfrenta a una verdad tan horrible como el mismo sufrimiento de los esclavos: herreros que forjaban cadenas y grilletes, carpinteros que hacían las carretas y las ruedas, comerciantes que traían la tela para confeccionar ropas, la ciudad entera, incluso aquellos que parecían distanciados, “vivían” de y gracias a la esclavitud. La fuerza de base del racismo radica en esta contaminación silenciosa y de complicidad.

Lo anterior también nos demuestra que la única forma de no ser racista es no siéndolo; o sea, expresando —de manera activa— el disgusto o la molestia ante cualquier acto o expresión racista, exteriorizándolo, compartiendo con el que padece. Esto quiere decir que, en las condiciones del presente, diferentes a las de aquel universo de complicidad estructural típico de las sociedades coloniales, la indiferencia o el silencio cómplice ante el racismo contribuyen a la infiltración del veneno atmosférico del odio y el desprecio.

 

V

Hace años, una amiga me contó que había habido en su vida un momento en el que toda la percepción y conceptualización que ella tenía del racismo cambió de manera súbita. Ocurrió en el preuniversitario. Ella estudiaba en la Vocacional Lenin, estaba en una cola de comedor a la hora del almuerzo, se encontraba justo detrás de uno de sus mejores amigos de entonces, ella es de piel blanca y él de piel negra, ella había hecho un chiste de contenido racista y el amigo, muy serio, se había vuelto para decirle que no le daba ninguna risa. Mi amiga pidió perdón y juró que nunca más iba a hacer algo semejante, pues había entendido que eso —que pretendía ser solo una broma— era sentido por el otro como un daño y una humillación palpables, inmediatos, sólidos.

De las varias lecciones a extraer de esta pequeña anécdota, la principal acaso es que la incomodidad o indignación son derechos de quien es “representado” por o a través del contenido racista y a quien, duplicando el daño, le es entregado o contado el “chiste”; dicho de otro modo, lo que no existe, en términos de ciencia del Derecho, es el derecho a sentirse indignado el narrador porque su receptor “no entendió” o “no aceptó” que solo se trataba de un chiste. Lo otro que el episodio nos enseña es que la petición de perdón auténtica actúa como cura, en este caso conservando la amistad; autenticidad equivale aquí a comprensión tan repentina como radical, una comprensión transformadora que hace de la persona, en este caso mi amiga, un luchador más en los enfrentamientos activos al racismo.

(foto internet)

VI

Hace varios años también, subí a un “almendrón” en la calle Infanta y, unas cuadras más adelante, montó una actriz que, además del poco éxito que obtuvo como profesional, llevaba largo tiempo sin aparecer en las pantallas, televisiva o cinematográfica. A pesar de lo anterior, conocía una de sus obras y la felicité por ello. La obra, un cortometraje, había sido realizado cuando yo trabajaba como jefe del Departamento de Publicaciones en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), en San Antonio de los Baños, y el director era uno de mis amigos. La actriz preguntó que cómo yo sabía de su película, respondí que había trabajado en la “escuela de cine”, como es conocida la EICTV, y entonces ella me preguntó: “Y tú, ¿sigues en la cocina?”. Esto, que recuerdo como un momento tan perturbador como casi maravilloso, es un exquisito ejemplo del modo en que funcionan los prejuicios.

¿Cómo fue que, celebrando una actuación dramática y tras presentarme yo como trabajador de esa escuela de cine, aquella persona concluyó que mi posición laboral era la cocina? ¿A qué elemento recurrir para hacer este cortocircuito deductivo que no fuese el color de mi piel? ¿Dónde y con quiénes “aprendemos” a hacer cosas como esta? ¿Quiénes cumplen el papel de “pedagogos de la racialidad”, nos enseñan desde niños que ese “Otro racializado” es inferior, corrigen cualquier error de interpretación; es decir, siempre que tratemos al “Otro” como un igual, se precipitan a intervenir de manera morbosa y vuelven a colocarlo en su “lugar”? ¿Quiénes asignan ese “lugar” y definen/deciden lo que hay en él?

Semejante atribución al Otro es virtualmente idéntica a la manera en la que fabrica su comicidad el humor racista; en mi encuentro con la actriz, “algo”, una especie de contenido esencial no-nombrado, justificaría por qué razón ella, sin parpadear, me puso en el lugar-cocina. Lo mejor en la historia es que la complicidad sobre la cual reposa la arquitectura del racismo es tan devoradora, pervertida o depredadora que la persona me “sitúa” con seguridad total y sin pensar, por un diminuto segundo, que en caso de estar equivocada yo me podría disgustar. Esto, el hecho de que el racismo funcione en tales códigos de complicidad e internalización, infiltración, introyección es lo que hace que sea aún más doloroso que un simple rechazo.

 

VII

 

El reforzamiento del dolor que nace del acto de “atribución” obliga, por el contrario, a una delicadeza máxima, extrema, por parte de aquellos que pueden herir, ofender, dañar a los sujetos que reciben el racismo sobre sí. En este punto, el punto de partida y regla básica es no asumir, sino preguntar, consultar, escuchar, instalar al respecto espacios de diálogo y participación; a ello se refiere la nota cuando destaca, entre los objetivos del Programa, “fomentar el debate público organizado sobre la problemática racial dentro de las organizaciones políticas, de masas y sociales, así como su presencia en los medios de comunicación”. Si la Revolución cubana, repetimos, “ha sido posiblemente el proceso social y político que más ha aportado a eliminar la discriminación racial”, la puesta en marcha del nuevo Programa incrementa todavía más la responsabilidad de las autoridades y decisores, de todo nivel, en lo tocante a la cuestión del racismo en todas sus manifestaciones evidentes, variedades, mutaciones o fórmulas ocultas. La responsabilidad a que nos referimos lo mismo abarca el momento en el que toca promover a alguien a posiciones de mayor jerarquía en los aparatos administrativo o político, que ese otro en el cual —a nombre de la Ley— toca detener, pedir que se identifique o juzgar sobre la libertad-futuro de alguno en el espacio legal. Responsabilidad y sensibilidad tienen que funcionar unidas, fundirse y mutuamente alimentarse y, lo principal, exigirse, revisarse y cuidarse la una a la otra en la tarea que al individuo le corresponda.

Lo principal a entender aquí es que lo que empieza por una incomodidad, al ver que se hace padecer a alguien por su color de piel, es apenas un primer paso en dirección al ofrecimiento de solidaridad y alianza, para de allí pasar a una militancia antirracista permanente y abierta. Si el racismo contiene ese núcleo enfermo que de modo permanente persigue la metástasis, la solidaridad y la militancia antirracista también demandan permanencia; es decir, no es un punto, acción o momento, sino una convicción a cuyo través el individuo se convierte en otro y acrecenta sus límites de acción participativa en el mundo y entre sus congéneres. Por eso, la única manera de ser antirracista es el estudio continuo de las variedades del racismo contemporáneo, en Cuba y en el mundo, la vigilancia crítica permanente sobre las posiciones propias, la constante interacción con ese Otro con quien creamos alianza y la realización de acciones concretas que amplíen las posibilidades para que pueda desplegar su mejor capacidad humana.

 

VIII

 

La última de las anécdotas personales que haré reproduce el fascinante parlamento pronunciado por la madre de una antigua novia: “¡Ay, Fowler, hablas tan bonito que cuando te oigo me olvido de que eres negro!”. ¿De qué forma entender esto? ¿Qué ocurre entonces cuando no hablo “bonito”? La lógica de esta pequeña historia es que el ingreso en la (alta) cultura y, en general, el saber, extraen del “lugar” que, de manera casi natural, “corresponde” al Otro marcado de manera negativa por su “africanidad” original. La historia también sirve para entender que la igualdad verdadera es la que acepta al Otro como igual sin antes someterlo a demostraciones o pruebas; es decir, para ser considerado igual o para, simplemente, ser aceptado e integrado no hay que ser especialmente leído, ni bello, ni buen vecino, pulcro, ni poseer mas virtud que la de ser persona. El bello poema Para la persona blanca que quiere saber cómo ser mi amiga, de la autora y activista estadounidense Pat Parker (1944-1989)[2], tiene cosas que enseñarnos al respecto: “Lo primero que haces es olvidar que soy Negra./ Segundo, nunca puedes olvidar que soy Negra”.

Si bien no hay algún valor jerarquizador, distintivo y específico en lo correspondiente al posicionamiento cultural, político, económico o distinción social dentro de un grupo y los caracteres externos y visibles de las personas, sí hay diferencias en cuanto a la cantidad de discriminación, dolor, inmovilidad social, ausencia de expectativas, malas condiciones de salud, nutrición y vivienda, empleo precario y otros indicadores de pobreza y sufrimiento histórico entre grupos humanos caracterizables, distinguibles o agrupables por sus atributos externos visibles. O sea, que la verdadera pregunta no es si hay diferencia entre blancos y negros (chinos, azules o verdes, si los últimos existieran), sino entre la cantidad, calidad, repetición y regularidad del sufrimiento que les toca recibir y asimilar no de acuerdo a quiénes son, sino a cómo lucen.

Es aquí, llegados a este punto y después del largo recorrido que hemos hecho, donde esperan los dos cuestionamientos cuyas consecuencias el racismo no puede enfrentar de forma coherente. El primero, derivado de una idea de ese gran pensador que fue Stuart Hall, viene de la siguiente frase que él gustaba de emplear: “We are here, because you were there”: “Nosotros estamos aquí porque ustedes estuvieron allá”[3].La frase liga inferior y superior, blanco y negro, poder y desposesión, para mostrar de qué modo la calidad de vida del grupo favorecido depende estructuralmente de todo cuanto extrajo (y continúa extrayendo) del grupo en estado de privación. El Otro a quien el racismo extremo niega, rechaza, con quien no desea compartir o no quisiera ver, cuyas tradiciones y prácticas culturales no soporta o con gusto destruiría, está “aquí” porque antes sus tierras fueron conquistadas y sus recursos drenados por el sujeto hegemónico; con este acto lo mismo recibió el beneficio que dio nacimiento a la relación simbiótica que une a los grupos distribuídos en ambos lados de esta ecuación social.

El segundo cuestionamiento, el más duro de aceptar por el sujeto hegemónico, es lo que la socióloga Peggy McIntosh[4] denominó “privilegio blanco” y que da nombre a todo el conjunto de beneficios, apoyos y ventajas que las personas del grupo “raza blanca” (préstese atención a que he entrecomillado el término) reciben y, de modo inmerecido, tienen a su disposición desde que nacen y a lo largo de sus vidas. La siguiente frase de McIntosh, tomada de su célebre texto El privilegio blanco: Deshaciendo la maleta invisible, ilustra a la perfección no pocas de las complejidades a las que nos hemos venido refiriendo:

En mi colegio y en mi casa, no me consideraba racista porque me enseñaron a reconocer el racismo solo en los actos individuales de maldad cometidos por miembros de mi grupo, nunca en los sistemas invisibles que conceden a mi grupo dominio racial no buscado desde el nacimiento.

Después de esto, es decir, ahora, podemos al fin hacer que coincidan todos los hilos dispersos, ya que los “sistemas invisibles” de los que habla la autora nos recuerdan (al estar basados en un volver la mirada hacia otra parte) la situación de compromiso y participación colateral, miasmática, ambiental, en la cual vivió buena parte de nuestros antepasados con respecto a la esclavitud. No necesitaban azotar a un esclavo para participar de la esclavitud, sino que les alcanzaba con no oponerse y recibir bienes (del tipo que fuesen) como si ello no tuviese que ver con la vida del esclavo o la esclavitud sucediese en otra parte. Idéntico no-mirar ocurre hoy cuando los que se encuentran en lugares de privilegio (que pueden ser de beneficios y ventajas en términos económicos, o de responsabilidad, por ser los sitios donde es organizado el presente y diseñados los futuros de las sociedades) ven a su alrededor, no encuentran allí al Otro racializado y no son capaces de preguntar (y preguntarle a ese Otro) por qué no “entra” a acompañar.

El momento de mayor estremecimiento espiritual deberá de llegar cuando el integrante del grupo hegemónico vaya más allá del análisis crítico de la época en la cual vive, más allá de las limitaciones o errores de las estructuras estatales y políticas de un territorio determinado, más allá incluso de la memoria familiar y al encuentro de sí mismo. Convocando la memoria familiar va a recordar el nombre de quienes fueron los pedagogos y a reconocer todo cuanto le enseñaron a no ver o callar, los prejuicios, las maneras sutiles de introducir división, el modo en que el contenido racista sobrevive a través de mutaciones. Durante el encuentro con sí mismo tendrá entonces que hacer(se) la pregunta más desgarrante y desoladora: ¿todo cuanto ha obtenido a lo largo de la vida ha sido merecido?, ¿o ha sido protegido por la condición de miembro del grupo hegemónico?

La mejor manera de responder a esta pregunta dual es introduciendo como contrapunto todo cuanto el “Otro racializado” está obligado a realizar o demostrar para ser considerado igual o aceptable; dicho de otro modo, agregando esa clase de subpregunta oculta, implícita, subterránea, desagradable, oscurecida que hay en lo siguiente: ¿qué es todo lo que no sé, no conozco, no he vivido o sido obligado a vivir y mi Otro racializado sí?, ¿de qué modo mi ignorancia me hace ser lo que soy y cómo soy, en tanto a él lo constituye un mar de conocimiento y experiencias y heridas que se me escapan? En uno de los más solidos aportes del texto citado, McIntosh presenta una lista de lo que llama “condiciones” que “actúan para sobreempoderar sistematicamente a ciertos grupos”; entre estos privilegios que conceden “el dominio en función de la raza o del sexo de una persona”; aquí es adecuado precisar que la afamada socióloga concibió el concepto “privilegio blanco” a partir de una investigación centrada en problemas del empleo femenino, en particular el momento cuando descubrió que, si bien “los hombres no están dispuestos a reconocer que tienen excesivos privilegios”, al mismo tiempo que ello “reconocen que las mujeres están en una situación de desventaja”. Fue partiendo de esta paradoja (reconocer la desventaja del otro, mas no el privilegio de uno mismo) que ella desplazó la mirada hacia la problemática racial y propuso ese listado de condiciones del cual elijo aquellos momentos que mejor pudieran ser adaptados al contexto de nuestro país:

 

    Puedo encender el televisor o desplegar la primera página del periódico y ver que las personas de mi raza están ampliamente representadas.

    Cuando me hablan de nuestra herencia nacional o de la “civilización”, me muestran que las personas de mi color hicieron de ambas lo que hoy en día son.

     Puedo estar segura de que a mis hijos les darán material curricular que revele la existencia de su raza.

    Puedo entrar en una tienda de música y contar con que encontraré la música de mi raza representada; en un supermercado y contar con que encontraré los    artículos de primera necesidad que se ajustan a mis tradiciones culturales; en una peluquería y contar con que encontraré alguien que me corte el cabello.

     Ya sea que utilice cheques, tarjetas de crédito, o efectivo, estoy segura de que el color de mi piel no va a tener un efecto negativo para la estimación de mi solvencia financiera.

     Puedo maldecir, o llevar puesta ropa de segunda mano, o no responder las cartas, sin que atribuyan estas decisiones a los malos principios morales, a la pobreza, o a la ignorancia de mi raza.

     Puedo hablar en público a un grupo de hombres poderosos sin que ello implique poner a prueba la totalidad de mi raza.

     Puedo actuar bien en una situación difícil sin que digan que soy un orgullo para mi raza.

     Nunca me piden que hable en nombre de todas las personas de mi grupo racial.

     Puedo estar completamente seguro de que si pido hablar con “la persona responsable”, voy a encontrar a una persona de mi raza.

      Si un policía de tránsito me para o si la Dirección General de Impuestos revisa mi declaración de impuestos, puedo estar seguro de que no me selecionaron a causa de mi raza. 

     Puedo comprar fácilmente afiches, tarjetas postales, libros ilustrados, tarjetas de felicitación, muñecos, juguetes, y revistas para niños en las que aparecen personas de mi raza.

      Puedo decidir alojarme en lugares públicos sin temor a que las personas de mi raza no puedan entrar a esos lugares o reciban mal trato en los mismos.

      Si he tenido un mal día, una mala semana, o un mal año, no tengo que preguntarme si cada episodio o situación negativa tuvo un trasfondo racial.

 

IX

 

Pese a ser algo tangencial al presente análisis, merece señalarse que mucho de lo comentado hasta aquí tiene implicaciones, derivaciones, parentescos e identidades con otros ámbitos de discriminación y alianza como son los problemas de género, identidad sexual, creencias religiosas, discapacidad, entre otros. Salir de este laberinto, que igualmente es una prisión, es solo posible, como antes dijimos, mediante el esfuerzo continuo y el estudio para entender lo que el racismo es; mediante una vigilancia crítica incansable hacia nuestros pronunciamientos y posicionamientos, sean públicos o privados; a través del intercambio permanente con ese Otro racializado en cuya búsqueda vamos; gracias a la realización de acciones concretas para que tanto el Otro como Yo nos transformemos en una entidad superior, mutuamente solidaria de manera radical, siempre en proceso de búsqueda, análisis, crítica, cambio, crecimiento y mejoramiento común.

Sin silencio, sin descanso, sin la ilusión de fechas, sino sabiendo que aquello que se reproduce, muta y se oculta necesita ser enfrentado en la misma dimensión total en términos de espacio o temporalidad. Con ciencia y en ejercicio de la conciencia, en la familia, en la escuela, el barrio, el grupo de los amigos, el ámbito laboral, el espacio público, los medios de comunicación, las escuelas, las instituciones culturales, las organizaciones de masas y las políticas, en las dependencias del Estado. Como expresara Díaz-Canel al hacer el anuncio del nuevo Programa:

Tenemos todo el derecho y la posibilidad de hacer algo coherente, de impacto, que nos ayude a resolver estas problemáticas en nuestra sociedad y mostrar una vez más el nivel de justicia y de humanismo de la Revolución.

Foto: Youtube

Para una misión de este tipo toda la fuerza del Estado precisa de una sintonía armónica, perfecta, con toda la fuerza de las personas; de esa manera, al “factor del presente cargado de pasado, de divisiones coloniales y desposesión, de acumulación monetaria y dolor, represión, despotismo y crimen” que es el racismo, se oponen la acción colectiva, el debate extendido, la atención permanente de los medios de comunicación, la enseñanza en las escuelas y la dirección política sabia.

 

Es un sueño de país en el cual al transformar, nos vamos a transformar.

Al hacer las preguntas, nos vamos a preguntar.

Al cambiar el mundo, nos vamos a cambiar.

El gesto tremendo del cimarrón cuando defiende su libertad ganada: “¡ven!”

Hagámoslo y hagámonos.

Notas:

 

[1] Díaz-Canel en el Consejo de Ministros: “No vamos a renunciar a las conquistas y los sueños por realizar”.

http://www.granma.cu/cuba/2019-11-21/diaz-canel-en-el-consejo-de-ministros-no-vamos-a-renunciar-a-las-conquistas-y-los-suenos-por-realizar-21-11-2019-22-11-18

[2] El poema de Pat Parker es una versión del autor a partir del original “For the white person who wants to know how to be my friend”.

[3] La frase de Stuart Hall es tomada de un documental de la BBC.

[4] El Privilegio Blanco: Deshaciendo la Maleta Invisible.

https://redfeminismo.wordpress.com/2016/09/15/el-privilegio-blanco-deshaciendo-la-maleta-invisible/

 

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