poemas del libro parques de jesus david curbelo

PARQUES

(Plaza de San Juan de Dios. Camagüey)

 

Mientras caía el muro de Berlín, mis amigos y yo soñábamos con alcanzar el éxito.
Rafael quería obtener el Premio Nobel, Gustavo hacer un filme con la esencia abisal
de La Poesía,
Daniel tener un auto y publicar en Plaza, Néstor actuar en Viena,
Jesús poseer lo eterno, Oneyda aprisionar lo que escapaba;
yo adquirir un reposo donde el alma y el cuerpo se hermanasen.
Nos íbamos de noche hasta la plaza a reemprender el juego de querernos.
Había ateos, santeros, comunistas, católicos, y las conversaciones discurrían acerca
del poder y de la gloria,
de la necesidad y de la libertad, de la importancia de la conversión para salvar al mundo.
Amanecíamos siempre, al amparo de un mal alcohol casero,
creyéndonos los amos de La Historia y los reformadores del destino del hombre.
Las reyertas de entonces parecían no pasar de torvos simulacros.
Después, mientras crecían el hambre y la inconstancia,
mis amigos y yo trocamos las palabras y confundimos éxito y exilio.
Daniel se marchó a Miami, Jesús se fue a La Habana,
Néstor se escapó a Suecia, Rafael a su escéptico ostracismo,
Gustavo a sus películas, Oneyda a sus temores,
yo, al fondo de mis propias inmundicias.
Hoy, mientras se alza el muro de Internet y crecen el cinismo y la ausencia de diálogo,
mis amigos y yo apenas nos cruzamos un saludo consabido y prudente:
es demasiado el peso del fracaso, supongo, y no nos toleramos las excusas los unos
a los otros.
La plaza es sólo el símbolo de la ausencia de arraigo
y no la visitamos salvo para embaucar a los turistas con la paz del terruño.
Mañana, mientras don Rafael reciba el Nobel, Gustavo filme en yámbicos,
Daniel publique su novela en Plaza, Néstor estrene en Viena un drama de Ionesco,
Jesús se agencie al fin su salvación y Oneyda sus poemas inmutables,
yo seguiré buscando el equilibrio, y volveré del viaje hacia mí mismo para fundirme
al prójimo.
Otra plaza me espera. En ella mis amigos sabrán lo que yo sé:
el éxito es el éxodo: salir, unirse al todo, que es el Uno.

 

(Parque Agua Azul, Guadalajara)



He vivido el frecuente desarraigo de sentirme extranjero en mi propio país.
Me he sentido extranjero, mucho tiempo, bajo mi propia carne.
Ya no me asusta tanto existir en los límites.
La periferia tiene el placer raro de convertirse en centro alguna vez
y arrastrar al volcán a los fragmentos que entonces anden lejos de su cráter.
Estoy acostumbrado a sufrir el exilio que siempre entraña el gesto de la fe.
En México, no obstante, paseando con Edel entre las mariposas cautivas de Agua Azul,
perdí el temor de entenderme extranjero pisando un extranjero atrozmente geográfico,
porque ser extranjero es solamente un asunto espacial
y yo había asimilado el fundirme en el tiempo de aquel pueblo
con tal de acaparar la efímera belleza que acude a recibir al que despierta.
Nada era diferente de mi angustia habitual, y todo tan distinto:
la música, la luz, la lengua, los olores, las comidas, las hembras y los pánicos.
Yo, que huyo de mí y regreso a esconderme al principio del viaje
—porque ya el viaje mismo supone el precipicio de aprenderme—
tuve la sensación de que en el prójimo me aguardaba el futuro de la estirpe
y me dejé llevar por mi entusiasmo de único fundador:
salí a la muchedumbre para volver a entrar en el magma del mundo,
en la siempre anhelada patria de los sin nombre.
Desde tan buen refugio rescribo mis historias, descubro mis naufragios,
me siento a reposar —y a repasar— los argumentos de las jornadas próximas.
Ni el exilio ni el gesto de la fe me asustan como antaño por su misión de círculos;
ahora tengo un ardor que me hace humilde, pero también terriblemente sabio:
no volveré a sentirme un extranjero ni siquiera en el centro de la gracia.
Mi patria es el espíritu. Y ese manto ecuménico me (te, nos) cubre.

 

(Plaza de la Santa Croce. Florencia)



Recuerdo claramente los detalles de una vida anterior que no viví.
Me remomoro andando por Florencia a la luz de las últimas antorchas
que prendieran los güelfos mandados por Donati. Después vino el exilio.
Las ciudades de otros. El pan de los amigos. El duro azar de la supervivencia.
Y algunos libros ríspidos y amargos acerca del poder y la justicia.
Nunca volví a cruzar los puentes sobre el Arno. Me enterraron en Rávena.
Luego fui reencarnando en muchos hombres que admiraron mis versos
o el violento latín de mi prosa política (o poética).
Somos un gran ejército que sabe cuán poco importan reyes, militares y obispos
cuando se tiene el don de adulterar el tiempo, los sitios, las historias,
y uno renace en Londres, en Madrid, en La Habana, en Nueva York,
diciendo una verdad sencilla y mínima: una sabia mujer nos lleva al Paraíso.
Sabiduría, Beatriz, La Muerte, La Poesía, son sólo nombres, leves coyunturas
tras cuyos velos se emboza La Belleza, todo lo femenino que hay en Dios.
Hoy he vuelto a Florencia y veo la estatua al fondo de la plaza,
yo, que he sido Dante, William, John, Miguel, Francisco, Arthur,
Walt, Edgar, Charles, José, Rubén, Vicente, Jorge Luis, César, Pablo, Octavio,
no puedo menos que alabar mis hembras y dejarme guiar,
rebelde y dulce, hacia esa nueva vida que vendrá
en la esperanza de poder, un día, alzarme a las estrellas.

 

(Plaza de San Pedro. Roma)



Yo, peregrino, a estas alturas no busco a Roma en Roma
(aprendí de Quevedo y Du Bellay que entre sus ruinas puedo hallar el polvo de millares
de espectros),
sino la infinitud de lo mutable, la sensación de alivio que supone palpar lo que será.
No me importa el pasado como hallazgo, pues de algún modo es mío gracias
a la embriaguez de la memoria,
al testimonio que dejaron otros en su afán de asentar la tradición.
Ansío recopilar las piedras del mañana, la pizca de futuro que me toca para explorar a Dios.
Pero Dios se me esconde entre las piedras del ayer y del siempre,
entre las columnatas de Bernini y los áulicos muros del santuario,
entre la muchedumbre de turistas, beatas, frailes, monjas,
que comparten conmigo estos trozos de hoy donde me asfixio.
No atino a soportar la certidumbre de ser un rastreador de lo perenne,
y decae mi entusiasmo en la certeza de que Roma corrompe la dialéctica
y me impide alcanzar el absoluto: ese Dios acosado que me tienta a inaugurar de nuevo
verbo y acto.
Yo, peregrino, a estas alturas no invento a Dios en Roma,
porque he dejado de inventar a Dios y prefiero el ardor de la catástrofe:
admitir que no alcanza mi soberbia para poder tocar lo que se escapa,
aquello con que habré de edificar mi fe en lo fugitivo, que permanece y dura
por encima del ansia y la confianza de todos esos que seré y he sido.

 

Jesús David Curbelo (Camagüey, Cuba, l965) es poeta, narrador, ensayista, crítico y traductor literario. Ha publicado los poemarios: Insomnios, Extraplagiario, Salvado por la danza, Libro de cruel fervor, Libro de Lilia Amel, El lobo y el centauro, Cirios, Apología del silencio, El mendigo de Dios, Parques, Éxodo, Aprendiendo a callar y Sonetos imperdonables.

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