presentado el libro “música e identidad”, de oscar oramas, publicado por la colección sur editores

Por: DR. C. José Loyola Fernández.

 

Es conocido que la música es un hecho sonoro-acústico que percibimos a través de los sentidos (el oído). Sin embargo, la existencia de este arte rebasa el carácter sensorial y asciende a otras valoraciones que van más allá de la creación y la interpretación para llegar al elevado concepto de pensar la música. Ese pensar el universo sonoro y sus misterios ha sido una constante en el proceso de conocimiento de la más sobresaliente de las manifestaciones artísticas.

 

Desde la antigüedad el fenómeno música atrajo la atención de los más grandes pensadores. Las ideas sobre la música fueron cambiando en el curso de varios siglos. En la antigüedad la música poseía un carácter mítico. Luego en el medioevo era tratada como ciencia y a partir del renacimiento como arte. Los filósofos griegos ya utilizaban en sus fundamentaciones el papel importante de la música en la transformación social. Platón sostenía que “la música posee un papel educador propio” y lo extendía a “la función educadora y formadora de los ritmos, las tonalidades y los instrumentos”. Otros como Damon se apoyaban en el concepto del ethos, debido a que “los elementos integrantes de la música ejercen determinada influencia sobre el alma del oyente, por lo tanto, la pueden modelar en diferentes direcciones”.

 

Por otra parte, Pitágoras, entre varios conceptos decía que “la música imita los movimientos del alma humana, por eso puede influir en ella”.  La música como catarsis para purificar el alma. Pitágoras y su Escuela contribuyeron al desarrollo de lo que se denominó la Estética Musical Metafísica, que establecía como uno de sus basamentos que “los elementos sonoros contienen los mismos principios que rigen el cosmos”. De salió la teoría de La armonía de las esferas. Más adelante, otro representante de la escuela pitagoriana, Filolaos de Crotonia (siglo IV a.n.e.), planteó que “la esencia del mundo son los números, y en eso estaba el fundamento de la música y la estética. Así denominaba la Armonía como síntesis de la eternidad y el principio. La Armonía del alma como esencia de los sonidos y la música, decía. Otros pensadores atacaron las teorías de la escuela pitagoriana, tal y como lo reflejaron Epicuro y sus discípulos en su Tratado sobre música. Para otros como Diomedes el Babilonio, el valor de la música se basaba en ofrecer impresiones sensitivas de placer.

 

En el periodo helenístico, la Armonía como base esencial de las reflexiones sobre música, se convirtió en una figura alegórica, símbolo del orden. Con dio en la conformación de los acordes y que prevalece hoy día-.

  • Se le vinculó con las matemáticas como símbolo de las proporciones más perfectas.
  • Con la Psicología, plasmada en la relación del cuerpo y el alma.
  • Con la Ética como significado de la pureza.
  • Con la Estética como definición de lo bello.

 

En la Edad media se convirtió en concepto cosmológico que apareció en la obra de varios teóricos. Afirmaban que el mundo está conformado en el modelo de los sonidos armónicos y que el cielo, es decir, el sistema planetario se mueve según el movimiento armónico. Aquí hay cierta coincidencia con la armonía de las esferas de los pensadores griegos.

 

No es posible soslayar los conceptos de la teoría del conocimiento y la explicación de la misma desde aspectos musicológicos como la acústica musical: el eco, la reverberación electroacústica, la acústica de sala, así como también la organología instrumental.

 

De la antigüedad a la contemporaneidad que nos ofrece las virtudes de la musicoterapia, ha transcurrido un largo tiempo para validar los complejos procesos en el devenir de la música, que más allá de su universalidad, tienen su reflejo en la práctica científica como lo evidencia el desarrollo alcanzado en el estudio del cerebro a partir de avanzadas tecnologías de neuroimágenes vinculadas con la música. Hoy en día es imposible “pensar la música” sin su interrelación con la ciencia, sobre todo aquellas como la filosofía, la sociología (sociología de la música), la psicología (psicología de la música), las ciencias médicas (musicoterapia), la antropología, la conexión con otras artes (teatro y sus modalidades, danza y sus modalidades, artes visuales, el cine y los audiovisuales, así como la literatura), la teología. En este último aspecto se debe resaltar, que todas las religiones utilizan en su liturgia como elemento integrante la música. La música es el lenguaje maravilloso creado por el hombre para comunicarse, además de con sus semejantes, con las deidades, con la naturaleza visible e invisible, con el universo infinito.

 

Estas breves reflexiones pretenden ser un antecedente para adentrarnos en el universo sonoro cubano, en su riqueza y su complejidad. En pensar la música en Cuba, sus interinfluencias. Tal y como asoman en el presente libro y la problemática que nos ofrece el libro del escritor Oscar Oramas: Música e identidad. Impronta de la música en la identidad y la sicología social del cubano.

 

Oscar Oramas ha dedicado gran parte de su vida profesional al trabajo diplomático, como Embajador de Cuba en diferentes naciones. Ello le ha posibilitado una relación con la música y los músicos cubanos en las visitas de estos a los países representados por nuestro amigo diplomático, como en el propio territorio cubano. El contacto con el arte musical, sus creadores e intérpretes despertó en él un interés especial por pensar la música, por la investigación sobre temáticas atractivas y diversas contenidas en las ricas expresiones de la música popular cubana.

El presente libro está precedido por otro acerca de la destacada cantante Omara Portuondo. Un trabajo muy completo para el conocimiento de la vida y obra de esta extraordinaria artista.

 

Ahora nos ofrece un documento de gran interés que apunta a conceptualizaciones importantes de distintas temáticas enmarcadas en una esfera tan compleja, atractiva y -al mismo tiempo- enigmática como la incidencia de la música en la identidad nacional, los modos de expresión del cubano y su comportamiento social entre otros tópicos. Con una estructura de Introducción y tres capítulos, más una indispensable bibliografía que complementa los contenidos plasmados con perfecta coherencia, a pesar de la diversidad temática, todo ello haciendo gala de un discurso elegante, pero sin exageraciones retóricas que empañen la necesaria comprensión de las ideas presentadas al lector.

 

Nos presenta un acercamiento de carácter histórico, donde se aborda la génesis de la cultura musical cubana, a partir de la conquista y colonización y los componentes étnicos que incidieron en la formación de la nacionalidad, donde la música es una de sus expresiones más relevantes y evidentes. Proceso que contribuyó al surgimiento acrisolado de la transculturación, definida con tanto acierto por el sabio Fernando Ortiz.

 

Panorama que encuentra su continuidad expositiva en el desarrollo de las contradicciones socioculturales que se reflejaron con mucha agudeza en la época de la república neocolonial, situación que el texto nos revela en todo el alcance de una cultura de resistencia. A propósito, recientemente se presentó en la UNEAC un audiovisual acerca de la presencia “evidente” de elementos indocubanos en nuestra música. Ahora “revividos por personajes que se autodenominan investigadores, desde Miami”.

 

Independientemente de la ingenuidad científica de la fundamentación-ya desarticulada en tiempos pretéritos por los científicos y musicólogos cubanos más prestigiosos, entre ellos Don Fernando Ortiz, Alejo Carpentier y Argeliers León-, lo inquietante de estos ”neo-descubrimientos”, de estas “novedosas teorías”, es que forman parte de los intentos contrarrevolucionarios de desacreditar las virtudes y el desarrollo de la música y la investigación en Cuba, sobre todo con el apoyo de las Instituciones Culturales creadas por la Revolución, tales como los centros de investigación, donde trabajan talentosos investigadores, sumados a   la cada vez más creciente promoción de verdaderos musicólogos en la Universidad de las Artes (ISA), más lo peligroso del carácter racista de esas “teorías” que estos personajes destilan en su “original investigación”.

 

No nos dejemos confundir, la contrarrevolución y el racismo van juntos de la mano y tratan de engatusar a las jóvenes generaciones de manera solapada.Ojo con esto. Recordemos que la rumba ha sido proclamada por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

 

Oramas aborda con claridad y profundiza en determinados aspectos de las influencias marginales del periodo y exalta el surgimiento de formas musicales propias de los ambientes típicos, en los cuales irrumpe con solidez el arte musical y las manifestaciones espirituales del negro. Estos eventos de integración y conformación socioculturales son explicados en su libro con claridad y resultan convincentes. Al decir de este escritor,” hemos pasado por épocas, antes de la aurora redentora de 1959, en que se hacía un fetichismo de la cultura proveniente de nuestros ancestros africanos, como consecuencia de los prejuicios raciales que imperaban en la Cuba de entonces. En ese mismo sentido,subraya que el son (catalizador y revitalizador de diversos estilos y corrientes dentro de nuestra música popular) y el danzón eran considerados música de negros y por esa razón no dejaban que se interpretaran en determinados lugares. Para reafirmar lo avanzado en Cuba, en el terreno de la política cultural, la Dra. Graziella Pogolotti, lo enfocaba diáfanamente, pero en la esfera del cine al expresar “Las bases de la política de difusión cinematográfica se nutrieron del legado de la vanguardia cubana que emergió en la tercera década del siglo xx. A contracorriente de posiciones elitistas, procuraron la experimentación mientras, con el oído pegado a la tierra, impulsaron el diálogo creador entre lo culto y lo popular. Legitimaron las expresiones de origen africano, hasta entonces marginadas y reprimidas. Reconocieron la musicalidad del pregón callejero. La indagación acerca del imaginario campesino, encontró en Samuel Feijóo su más relevante expresión”. Oramas aborda estas temáticas con pisadas firmes sobre terreno sembrado de ricas tradiciones y de conceptos, no exentos de asertos en ocasiones polémicos.

 

Aboga por profundizar en investigaciones sobre el fenómeno musical cubano y los procesos que relacionan con el mismo. Entre otras cuestiones se refiere a:

  • La necesidad de indagar en cómo las manifestaciones musicales han influido e influyen en la sicología social del cubano.
  • La incidencia del tono musical del lenguaje cotidiano como reflejo de cuán hondo ha calado la música en nosotros, y hasta la musicalidad en la cadencia rítmica del caminar. De cómo la música llega a ser el rostro de nosotros mismos, y lo profundiza al resaltar el papel de la música en su ayuda al conocimiento de nuestra historia.

También, el texto llama la atención sobre el universo sonoro cubanoque se enriquece con la práctica del habla cotidiana y su influencia en la lírica poética. Develar los aspectos fonéticos y entonativos, así como su influencia en la lírica y en la integración identitaria. La música como elemento fundamental en la práctica religiosa en Cuba, y el fenómeno de la transculturación.

 

Resultan sumamente interesantes las reflexiones que aparecen en el segundo capítulo sobre la música como forma de la conciencia y su función social, de manera universal como arte y las particularidades de su existencia en el entorno cubano. En las citas bibliográficas utilizadas por el autor, se parte de fundamentos teóricos esbozados por científicos de reconocida trayectoria investigativa comenzando por el fundador del marxismo hasta otros que han invocado conceptos desde la filosofía, la estética, la sociología, la psicología, la musicología y otras ciencias relacionadas con la cultura artística. Lo importante es cómo -basado en esas citas- fundamenta el valor de la música y su desempeño en el seno de la sociedad, en cada época del desarrollo social, así como su evolución e impacto específico en Cuba. A ello se añade el papel de la música como medio comunicación y la capacidad intrínseca de influir de manera determinante en la salvaguarda de los más elevados valores éticos y estéticos -algo muy necesario en los tiempos que corren en la praxis musical en Cuba-. Es así, que el análisis conduce de manera natural a resaltar la existencia de las instituciones culturales y de las personalidades que más directamente han incidido en el devenir del arte musical y el influjo, el eco o la reverberación de sus virtudes sonoras en el pensar y el actuar del individuo en sociedad.

 

En la multiplicidad de tópicos abordados por el autor, no escapan las bondades que el universo sonoro cubano depara al receptor de un arte tan abstracto, cuyos misterios permanecen perennemente provocativos al descubrimiento. Entre esas cualidades están los contenidos de la música referentes al sensualismo subyacente en el proceso de recepción psico-acústico, su incidencia en los tratamientos terapéuticos -y actualmente preventivos- de las enfermedades, que descansan dentro de las fundamentaciones definidas en la aplicación de la ciencia denominada musicoterapia -que, dicho sea de paso, posee posibilidades inmensas, tantas que es una ciencia que recién está comenzando y sus resultados son efectivos-.

 

Oramas insiste hasta la saciedad en algo que debemos reconocer, y es según plantea, el concepto de identidad nacional, el cual ha sido estudiado por distintos investigadores y ensayistas a lo largo de nuestra historia y aún hoy se continúa profundizando como parte de un proceso inacabado.

 

Algo muy importante, además, se destaca en los fundamentos de este ensayo, se trata del papel de resistencia al sometimiento cultural, a lo cual contribuye la existencia de un arte musical muy sólido y de extraordinaria riqueza, no solo artística y estética, sino también patriótica, cuyos formantes socio-políticos constituyen las pilastras que sostienen los más altos valores, las elevadas cumbres de la cubanía. A ello se añade el factor unidad, la música es un elemento de unidad incalculable, pertenencia y orgullo nacional que otorga al cubano su música.

 

En fin, los invito a leer y disfrutar este texto que en su integralidad resulta convincente, necesario muy oportuno, pues al mismo tiempo abre senderos luminosos a nuevas investigaciones acerca de los temas que ha tratado. Sus conclusiones revelan y confirman la profundidad y el compromiso del autor al presentarnos un documento que seguramente trascenderá en sus propósitos, ya de inicio útil para la continuidad que dé paso a nuevos y más elevados peldaños en el conocimiento de las virtudes de la música cubana y su repercusión en la evolución social.

 

Expresamos nuestro agradecimiento a todas las personas e instituciones que han hecho posible su publicación, entre otros: Instituto Cubano del Libro y su Director Juan Rodríguez, Centro Cultural Cubapoesía y su Presidente Alex Pausides, la UNEAC, y a los diseñadores, editores, y otros que se me escapan. Gracias al Museo de la Música y su Director Jesús Gómez Cairo por permitirnos hacer aquí la presentación. Es este un momento y un material feliz para celebrar la Navidad y el 60 Aniversario del Triunfo de la Revolución.

 

Mis felicitaciones al autor.

 

José Loyola Fernández

 

 

 

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