poemas de carlos manuel de céspedes

Redacción de Cubapoesía.

Carlos Manuel de Céspedes, el intrépido abogado bayamés que protagonizó el alzamiento del 10 de octubre de 1868 en el ingenio La Demajagua, fue un hombre de intensa vida cultural, disfrutaba del teatro, componía canciones,es coautor junto a Fornaris y Figueredo de La bayamesa, considerada como la primera canción cubana.

En su ciudad natal fue director de la Sociedad Filarmónica y de su Sección de Declamación y en Manzanillo, la ciudad donde se radicó con su familia a partir de 1856 es elegido junto a Don Juan Butter y Don Joaquín Muñoz para conformar una Comisión encargada de modificar el Reglamento de la Sociedad Filarmónica.

También hizo periodismo y colaboró en La Prensa (La Habana), El Redactor (Santiago de Cuba) y La Antorcha (Manzanillo), donde ocupó, además, el cargo de redactor.

También escribía poemas y un folleto en el que hace la defensa de Cuba, los que publicó en el periódico Ecos de Manzanillo, en los que se aprecia su intenso amor por Cuba.Era una publicación que salía dos veces por semana.

Hoy Cubapoesía comparte con sus lectores algunos de los poemas que publicara Carlos Manuel de Céspedes en ese periódico de esta ciudad suroriental.

 

“Desencanto”

 

Hijo del amor, del goce y la sonrisa,

nace el hombre a la fe y a la esperanza, y

por el mundo férvido se lanza,

y cree que alfombra de claveles pisa.

A sus pies los abismos no divisa,

Ni la tormenta oculta en la bonanza:

solo siente placer y bienandanza,

respira solo amor, juegos y risa.

Mas, ¡ay! que pasan los fugaces años,

Y huyen los sueños de zafir y rosa:

Hieren su corazón los desengaños,

Ve la verdad desnuda y horrorosa,

y es dichoso, si al fin de su existencia,

le acompaña al sepulcro una creencia.

 

“En el río”

 

Ancha faja de planta luciente

Que se ciñe risueño el Bayamo,

Río amado, en tus aguas derramo

grato llanto de puro placer

¡Ay! yo vuelvo a jugar con tus olas

o contemplo tus playas amenas

y tus ovas, tus juncos y arenas

voy con mano gozoza a cojer

Ven, levanta tu algosa cabeza

De tu lecho azulado me mira

Que yo haré de esta concha una lira

E inspirado en tu honor cantaré

Pero ¡ay! triste! ya el llanto me ahoga

Es forzoso que deje tus linfas

y tus aves, tus flores, tus ninfas,

A ver nunca tal vez volveré.

 

“Carilo”

(Paráfrasis de Virgilio)

Este sendero nuevo

Concede, o Aretusa, á mis trabajos:

ya a otros cantos me atrevo;

mis versos no son bajos,

Si tú los favoreces, y el oído

De Carilo querido

Acaso agradar pueden toscos sones

Que revelen sus negras aflicciones,

Y si de aquella Laura,

Que causa sus tormentos, son leídos

Bálsamo que restaura

Los vigores perdidos,

Por ventura será, su pecho blando

De feroce tornando.

¿Y quién, si lograr puede tal contento,

no prestará a Carilo un corto acento?

Así, ¡oh ninfa preciada!

Resbalando tus ondas argentinas

por la ribera amada,

Tus aguas cristalinas

Doris no amargue en mezcla codiciosa

Si vienes amorosa

A cantar de Carilo otros amores,

sus ansias y cruelísimos dolores.

Cántalos por mi boca,

mientras salta el cabrito en la pradera

o que corta en la roca

La tierna enredadera

No temas que tu voz vague y se pierda:

La selva la recuerda

La escucha la Deidad que allí se esconde

y por medio del eco te responde.

Náyades adorables,

¿Qué valles, qué collados os tuvieron

Mil quejas lamentables

A vosotros no fueron?

¿No sabéis que Carilo aprisionado

De un amor malhadado,

Gime, llora, infeliz! se desespera,

y a impulso del dolor fuerza es que muera.

Nada os detuvo, nada;

Ni del Parnáseo monte la eminente

cumbre, ni derramada

De Aganipe la fuente,

Que en todo suspendió naturaleza

Su curso y ligereza,

Y al pesar de Carilo fueron fieles,

y le lloraran mirtos y laureles

El ménalo ceñido

De pinos la alta frente, la lloraba

Al verlo sin sentido

Bajo la roca brava,

y los peñascos duros del Liceo,

De él puso su trofeo,

Sus eternales hielos quebrantaron

y con aquellas lágrimas lloraron.

Las simples ovejillas

Están a su alrededor mustias, calladas:

Sus caricias sencillas

Por tí sean celebradas.

No las desprecies, no, que allá en el Ida

Adonis de ella cuida,

y a los cercanos ríos la conduce

y a Venus su hermosura la seduce

Vinieron los pastores

y los vaqueros ¡ay! también vinieron

su cuerpo entre las flores

y entre las piedras vieron.

Vino el rojo Menalca: allí se juntan,

Se admiran y preguntan;

¿Qué amor es este; oh Dios! ó qué dolencia

que así al hombre reduce a la demencia?

Apolo ya se acerca,

Apolo que sus dulces versos ama;

¿Qué locura te cerca,

¡Oh! mi Carilo? Exclama

¿No vez que ya tu Laura, que esa ingrata

Que fiera te maltrata,

Quizá tras nuevo amor corre ardorosa

Por otra selva oscura y más fragosa?

El calla, mas Silvano,

Penetrando del bosque la aspereza,

Acude y con la mano

Agita con rudeza

Los enlazados lirios y espadaños:

De cien flores estrañas

cubre la hojosa frente una corona

que autoriza y adorna su persona.

Engalanado el rostro

con purpúreo carmín, de Arcadia vino

aquel Dios semi-mostro

que el pacífico sino

De los pastores inocentes rige:

nunca el dolor le aflije,

sano y felix sus días se deslizan;

mas tus penas, Caril, lo martirizan.

¿Y ese llanto abundosos

Nunca, dice, tendrá rematamiento?

El amor orgulloso

No atiende a ese tormento

No, cual jamás se sacia de agua el río,

ni el campo de roció,

Así al amor las lágrimas no bastan,

ni los años que en ellas se malgastan

Carilo entonces triste

sacó la voz doliente y así dijo:

El efecto que viste

De este dolor prolijo

mis gritos lastimeros, mis dislates,

contad, arcades vates,

vosotros a quien baja en noche umbría

De los celestes coros la armonía

Cantad mi triste muerte:

Dad esa paz a mis cansados huesos:

Mi desgraciada suerte,

mis llorosos excesos

Module vuestra planta en su dulzura:

sobre mi sepultura

vuestros acordes cantos seductores

atraigan a cantar los ruiseñores

¡Ah! ojalá que uno de vosotros yo fuera, ganaderos;

O los que de Vertuno

Los racimos primeros

cortan alegres con la hoz cantando!

Fuera el pecho humanado

A mis tiernas querellas Amarilis

o la morena y ardorosa Filis

¿Que importa que morena

Del sol el rayo abrasador la vuelva?

De gracias mil la llena:

Por ella de la selva

El silencio interrumpen los suspiros,

y en ingeniosos giros

La comparan galantes los poetas

con los negros jacintos y violetas

sin ella mis amores

Los suaves acentos escucharan,

Desusados rigores

conmigo no emplearan;

mas movidas al llanto de mis ojos,

una claveles rojo

Trajera para mí en la blanca falda

y de rosas la otra una guirnalda.

Y sus voces uniendo

me cantaran acordes melodías

Su fuego refiriendo,

Loando glorias mías;

Pero ¡Ay! en vano de mi pecho quiero

En sueño lisonjero

La imagen arrancar de aquella ingrata

Que me abandona y pérdida me mata.

Laura, Laura, divina,

vuelve a tu amante firme y desdichado,

Aquí la cristalina

Fuente y el verde prado

y los espesos bosques nos convidan

A placeres que midan.

Por sus goces los años que vivamos

y en brazos uno de otro nos durmamos

Mas el amor tirano

De tus crudos rigores en venganza,

De marte el hierro insano

y la pasada lanza

me hace blandir en medio al enemigo,

Pudiendo ya contigo

Mis días tejer de fúlgidos matices.

pudiendo entrambos juntos ser felices

Tu, de la patria lejos,
(Ojalá que créelo no pudiera!)
Los estivos reflejos

Del sol de Libia fiera

Sufres o de los Alpes nieve fría,

Y mi memoria ¡impía!

Ha parecido tanto allá en su pecho

Que sola vas a peligroso estrecho.

Quieran los altos cielos

Que fuerzas tengas que el calor soporten,

o que los duros hielos

Las plantas no te corten,

Que aunque tú con mis males te complaces

y mayores los haces,

Desearte no puedo un daño breve,

Porque ese daño contra mí se mueve

Yo partiré distante,

aquellos caros versos que leíste

de tu olvidado amante,

mi voz fúnebre y triste

cantáralos llorando a los pastores;

Feliz si mis dolores

Eco en los montes y en las fieras hallan,

Sin ellas también sin compasión no callan.

De una oscura caverna

quiero elegir el centro pavoroso,

donde mi perna eterna

Endeche sin reposo;

Escribiendo, en los árboles enhiestos

mis amores funestos,

porque siempre a los ojos los ofrezcan

y al par de ellos mis amores crezcan

O acaso arrebatado

Por un furor y movimiento extraño,

Del ciervo intimidado,

Del jabalí huraño

El rastro seguiré por lo jarales,

mientras que mis leales

Perros el monte, el valle y los oteros

generosos circundan y ligeros.

No importa que la nieve

cubra blanqueando la elevada cumbre,

ni menos que la lleve

del sol la ardiente lumbre;

yo me lanzo atrevido por las breñas,

subo a las altas peñas,

y de allí el arco vigoroso extiendo

y con mis flechas el espacio hiendo

tal vez esta fatiga,

Este riesgoso ardor, estos sudores,

De mi suerte enemiga

Desarmen los furores:

Un Dios tal vez movido de mis penas,

De estas rudas faenas

Saque el remedio que mi herida pide

y este siniestro amor haga que olvide

Mas, ay! yo no lo aguardo:

Ya las bellas Driádes no me placen,

ni a la llama en que ardo

Los versos satisfacen

Selvas, adiós! adiós montañas frías!,

mis pobres armonías

no mas resonarán en la espesura.

Voy a morir; mi mal no tiene cura

Aunque errante y perdido

Vague al margen de los ríos extranjeros.

O ya mas recogido

conduzca mis corderos,

o recorra las calles bulliciosas

De villas populosas;

Es en vano, que amor nada respeta

Todo lo vence, esclavo me sujeta.

Esto dijo Carilo:

mi canto cese, Piérides amables;

De su discurso el hilo

mis voces amigables

Han seguido, tejiendo un canastillo

Verso menos sencillo

De Carilo se ocupe: hora a vos toca

Qué, o musas, lo cantéis por vuestra boca

vámonos, que la noche

dañosa a los que cantan en extremo,

Rueda el oscuro coche:

Su densa sombra temo

De este árbol al abrigo que disfrute:

Si mata al nuevo fruto

no la toméis, cabritas; id aprisa,

que ya el astro Venus se divisa

 

Haidea (Goethe)

 

Huyó el reposo mis dolientes ojos

La paz que un tiempo plácido gocé,

Perdiola ¡ay Dios! el corazón enfermo

y ya nunca, jamás la encontraré

Do quier que llevo mis inciertos pasos

Si allí a mi vista la robó la suerte,

Abrúmame el silencio de la muerte,

y al mundo entero el velo del dolor,

El pensamiento que interior se agita,

Rompe bullendo mi febril cabeza

Y el corazón jadeante, en su tristeza.

Siente morir las fuerzas y el valor.

Huyó el reposo mis doliente ojos…

Vagando voy por la sombrosa selva,

Buscóla inquieto al pie del arroyuelo;

adorar de sus ojos quiero el cielo,

Y oír que suena su armoniosa voz,

Quiero admirar su rostro peregrino,

Y su rosada boca, y su sonrisa,

blanca forma que áurea se divisa,

como un ángel que al éter va veloz

Huyó el reposo mis dolientes ojos…

Cuando a su lado por acaso me hallo

mi corazón se oprime, y enmudezco:

Al oír sus palabras me estremezco,

Y entonces vivo solo de pensar.

¡Ah! que no pueda sorprender su mano,

y al atraerla en seductores lazos,

verla caer en mis amantes brazos,

a sus ardientes besos espirar.

Huyó el reposo mis dolientes ojos:

La paz que un tiempo plácido gocé,

Perdióla ¡ay Dios! el corazón enfermo,

Y ya nunca, jamás la encontraré.

Estos poemas fueron publicados en el Eco de Manzanillo

poemas                            fecha                                         sección
Desencanto                     19 de julio de 1857                 poesía
En el río                            5 de noviembre de 1857      poesía
Carilo

(Paráfrasis de Virgilio)  15 de noviembre de 1857     folletín

Haidea

(Goethe)                          10 de noviembre de 1857     poesía

Related Post

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *