naborí, poeta de profunda sensibilidad humana

por: redacción de Cubapoesía.

El poeta Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí,  el más importante decimista cubano de todos los tiempos,  nació en la Habana ,en la loma de Los Zapotes, en la localidad de San Miguel del Padrón, el 30 de septiembre de 1920, hoy estaría cumpliendo 98 años .

 Naborí recibió el Premio Nacional de Literatura en 1995 y en aquella oportunidad, el jurado presidido por Ángel Augier , hizo constar lo siguiente: “ En el coro de la mejor poesía cubana contemporánea, la voz de Naborí se destaca de manera excepcional, por sus singulares características. Su obra tiene raíces en la hermosa tradición artística popular de la música guajira, que utiliza como canción folclórica la forma estrófica de la décima. La crítica reconoce como hazaña artística literaria de Naborí, el haber elevado ese género popular a la más alta categoría estética, al aportarle a la décima un lenguaje culto y expresivo, con las ganancias tropológicas y otras conquistas de la poesía moderna. (…) Desde sus raíces de tan profunda cubanía, el poeta ha dejado fluir su verso por todos los registros posibles de formas estróficas sin olvidar las clásicas, en las cuales también es maestro. Su poesía expresa con gracia inconfundible y perdurable resonancia, los más puros acentos de la sensibilidad humana y las más sagradas aspiraciones alentadas históricamente por el espíritu nacional de su pueblo”.

Hoy Cubapoesía quiere recordar al poeta con una selección de poemas suyos.

 

Décima

 

Viajera peninsular

Cómo te has aplatanado,

Qué sinsonte enamorado

Te dio cita en el palmar.

Dejaste viña y pomar

Soñando caña y café,

Y tu alma española fue

Canción de arado y guataca

Cuando al vaivén de una hamaca

Te diste al Cucalambé.

 

El amor en los tiempos de prosa

a Gabriel García Márquez

 

Junto a mi cabecera

una mujer marchita,

celosa de la muerte,

está velando día y noche,

atenta a mis orines y mis heces fecales,

sustituyendo con los ojos suyos

los míos obsoletos,

dándome el alimento como a un niño,

bañándome, vistiéndome, besándome,

acariciándome las manos.

 

En un ambiente así

–no luna, no balcón, no prímola–,

si Romeo y Julieta

no hubieran decidido suicidarse

y hubiesen arribado a la vejez

ella, caído el seno y desdentada,

poniéndole un enema a su galán

montesco;

él, enferma la próstata

y consumido el falo,

¿se mantendría la promesa del amor eterno?

No sé:

pero el amor en las postrimerías

es más prueba de amor que el suicidarse

una joven pareja enamorada,

pues los muertos no ven su pudrición.

Nosotros, sin embargo, pudriéndonos en vida,

palpando nuestras ruinas como los jaramagos,

continuamos amándonos,

cambiamos la pasión por la ternura

y reafirmamos que es posible

la eternidad en el amor.

 

La misma estrella

   “(…) polvo será. más polvo enamorado.”
                                                Francisco de Quevedo

 

Cuando te miro sin tener mirada

no veo la que eres, sino aquella

que fuiste. Para mí, la misma estrella

que permanece como eternizada.

 

Por tu gracia de china dibujada

en porcelana, te seguí la huella

y se ha quedado en mí tu imagen bella

como si el tiempo no mellase nada.

 

Los de clara visión que les refleja

la realidad, pueden llamarte vieja;

pero a mí, que te vi rosa encendida

 

y hoy no te veo, me tocó la suerte

de perpetuar tu juventud florida

y andar enamorado hacia la muerte.

 

III

 

Estoy, con el paisaje cara a cara,

contemplando la tarde que agoniza.

Hay una estrella que espiritualiza

al horizonte, como si pensara.

 

Reina una sombra todavía clara.

El día es una terquedad rojiza.

¡Qué lenta rapidez en la plomiza

hora que de la noche me separa!

 

Todo se queda en un recogimiento:

los cálices, los pájaros, el viento,

la luz que sosegada se retira,

 

la yerba leve y el palmar mayúsculo,

y yo –la tarde que a la tarde mira–

soy la parte consciente del crepúsculo.

 

V

 

Me queda por decir no sé que cosa

que me parece inusitada y bella.

He gastado palabras como estrella,

rocío, rosicler, sonrisa, rosa…

 

Y en lo pobre del verso y de la prosa

no he logrado apresar el alma de ella.

La he visto: fugitiva mariposa

o pájaros con alas de centella.

 

Cuando callo, la escucho y la medito,

pero se pierde en el poema escrito.

Me queda poco tiempo de palabra.

 

Me desespera la que nunca encuentro.

¿Y he de morir sin que mi mano abra

puertas al ave que me canta dentro?

 

 

 

Poema V

        fragmento

IX

 

No me asusta morir… Sólo lamento

no tener ojos para ver las cosas

que se transformarán: zarzas en rosas,

lobos en hombres, polvo en monumento.

 

No me asusta morir… Sólo lamento

ser sordo como el frío de las losas

cuando vengan las músicas gloriosas,

cuando una larga risa sea el viento.

 

Sólo lamento no tener mi tacto

cuando sea concreto el mundo abstracto

que en crisoles de sueño se moldea.

 

No me asusta morir… Sólo lamento quedarme quieto cuando todo sea

la perfecta expresión del movimiento.

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