la habana de los diego

por:  Adriana Azucena Rodríguez.

Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Al inicio de este año, asistí a una peculiar reunión familiar. Conocí en La Habana a la autora de El reino del abuelo, Josefina de Diego, hija de Eliseo Diego, poeta al que leí con asombro y pasión en la universidad, y de( quien no tengo libros pues todos los regalé a quien me inspiraba simpatía: estaba convencida de que daría consuelo a la alumna que había perdido a su padre, de que le enseñaría a escribir a algún amigo, poeta fallido. Y un día, veinte años después, me hallaba en su biblioteca, en El Vedado: sólo me atrevía a acariciar los lomos, a acercarme a algunas etiquetas que el poeta les había pegado: “En Londres con Bella”, anotaba. En la librería Universitaria de la calle Obispo, compré un montón de libros, previa consulta con la generosa Josefina, Fefé, que me acompañó un día al centro. Encontré un par de títulos de Eliseo Diego, uno de ellos es Versiones. Ya en México, en una librería pequeña hallé La novela de mi padre, de Eliseo Alberto. Así acudí a la reunión que la casualidad —“el andamio argumental de las coincidencias”, frase de Eliseo Alberto— preparó a través de estos tres textos, entre los que se crea un diálogo familiar y literario en que todos parecen hablar como lo hacen las familias: con sus distintas versiones de los mismos hechos y sus particulares estilos pero con un dialecto compartido, a veces casi privado.

“¿Te acuerdas, mi hermano…?” inicia El reino del abuelo, un relato en torno a la casa de la familia burguesa de migrantes españoles, Villa Berta: la recreación del mundo feliz de la infancia. A través de la prosa fresca, llena de intuición poética de Josefina de Diego, pulida en la lectura de la traductora, en la vigía de las cartas y manuscritos de sus padres, en la observación crítica pero profundamente amorosa de la historia de su país y de su patria. A través de esa prosa, continúo, la autora hace de esos recuerdos los recuerdos del lector, revela verdades intuidas —pues eso es la memoria—: “los jardineros conocen el lenguaje de las plantas, y también el de los animales. Y han existido siempre y siempre existirán, porque son los encargados de cuidar que no se quiebre el frágil vínculo entre el hombre y la sabia amabilidad de la naturaleza” (36).

Eliseo Diego, curiosamente, no es el protagonista de estas memorias, pero es un extraordinario personaje, el creador de un mundo breve, cíclico: el nacimiento que, como Carlos Pellicer, montaba cada año. “El aroma de las Navidades lo inundaba todo. La casa olía a pesebre y a mandarinas. Nuevas estrellas aparecían enredadas en las puntas de los pinos del jardín. Era el momento de abrir las cajas polvorientas que habíamos guardado el año anterior en el garaje” (16). Entonces el padre inauguraba ese mundo fijo, inamovible en aquellas épocas de cambios irrefrenables, de la narración bíblica: “Todos los años siempre igual—quizá un poco más pausada su voz cada año— papá nos contaba cómo había sido, cómo había ocurrido todo: la Visitación a María, la Huida a Egipto, la Anunciación a los Pastores, el largo camino de los Tres Reyes Magos, el pesebre con el Niño […] Las figuras comienzan a moverse. La voz de papá, cansada, jadeante, atraviesa el tiempo.” (31-32)

La escritora, la hija, comprende a su padre, el escritor: “Muchos años después encontré esa perfección y esa pulcritud en sus poemas. Y entendí por qué sus manos de niño grande construían el Nacimiento y los campos de batalla con tanto cuidado, con tanto respeto.” (57)

 

En el departamento de El Vedado, Eliseo Alberto me miró desde la fotografía de su novela Informe contra mí mismo. Su hermana colocó en un portarretrato tres fotografías de las novelas de su hermano, en esa novela, aparece una foto del joven característicamente cubano: guapo y desafiante. Yo desconocía el parentesco de ambos Eliseos. Es natural: el hijo se resiste a ser el escritor a la sombra de su padre, reflexiona en alguna caminata Josefina de Diego. En la portada de La novela de mi padre, el joven es un niño de aspecto travieso, feliz, a la derecha de sus dos hermanos y, a sus espaldas, el legendario y enorme Nacimiento. El relato viene precedido de un prólogo en el que incluye esa novela inconclusa: “Las ilusiones son iguales a los recuerdos, amigo mío. Sólo que aquellas se arraigan en lo que llamamos futuro y no en el pasado” (26) ¿Es casualidad la alusión al recuerdo y la evocación de un “amigo mío” del padre y un “mi hermano” de la hija?

Las coincidencias entre el texto de Josefina y el de Eliseo no son casualidad, por supuesto: ambos refieren la infancia en el mismo sitio. Pero Eliseo Alberto inicia su recuento con la muerte del padre, una muerte postergada, con sus pincelados de ironía y humor. Menciona, por ejemplo, unas fallidas últimas palabras, pues el declarante no moriría inmediatamente después de pronunciarlas: “Quieran mucho a su madre, quieran mucho a su país…” (35). Cuando relata la muerte definitiva, describe a detalle el exceso de pompa diplomática en el traslado del cuerpo de la Ciudad de México hacia La Habana.

El escenario de la novela de su padre es Arroyo Naranjo, y una casa con marcadas similitudes con Villa Berta, la casa del abuelo, migrante español, donde crecieron su hijo y luego sus nietos, el mismo sitio de El reino del abuelo. Ambos hermanos coinciden en que el padre fue un niño solitario que debió crecer prematuramente, hasta que la infancia de sus hijos le devolvió su propia niñez: los libros infantiles que tradujo para leer a sus hijos y los juguetes con los que él también jugó.

Fefé me llevó a la “casa de la calle E #503 entre 21 y 23”, reducida pero de techos inmensos, donde los adolescentes De Diego vivieron después de (por mandato de) la Revolución y se hicieron adultos; donde llegaron a habitar diez personas. Fefé me señala la sala, el sitio más ventilado de la casa: fue el estudio del padre; la terraza: el lugar de reunión de los amigos de los tres hermanos pero también de los jóvenes admiradores de Eliseo Diego: “no hubo en La Habana de fin de siglo un poeta tímido, triste, solitario, pretencioso, suicida, de tierra adentro, crítico, jodido o altanero, no hubo en la ciudad una poeta provinciana, melancólica, eufórica, de ojos claros o de ojos pardos, de jeans o minifalda, desesperanzada o coqueta que mi padre no recibiera con los brazos en cruz y les regalara horas de amena conversación” (135).

La Habana, como la obra de los Diego, es la capital de la nostalgia que se instala en las oquedades de las casonas de La Habana, en los balcones de herrería, en los automóviles soviéticos que transitan por unas calles de nombres viejos, en la heladería Coppelia y en los nombres de las calles. No de la nostalgia de lo que era antes de la Revolución, sino una nostalgia más antigua: la de la infancia perdida, la de la patria que se quedó atrás, en Europa o en África, la de vivir a la orilla del mar.

 

Llego al pasaje donde el hijo habla de ese libro que releeré en el vuelo de regreso a México: “A mediados de los sesenta da a conocer un libro sencillamente mágico, Versiones, joya de prosa poética (papá odiaba el concepto “prosa poética”, pero no se me ocurre otro menos académico) que había escrito a lo largo de muchos años […]. No me canso de volver a Versiones. Cada lectura borra la anterior: el libro se rescribe en su reposo. Es un mapa, un mapa que uno debe deletrear para descubrir realmente lo que esconde. Y lo que esconde es su propia sabiduría –o dicho de otro modo: su bondad. […] Si bien los temas que preocuparon al poeta Eliseo Diego abarcaron un amplio espectro de obsesiones (la muerte, las cosas, lo eterno, lo innombrable), tengo la impresión de que su narrativa nace invariablemente de una experiencia íntima, una vivencia, un azoro.” (116). Versiones, (La Habana, Ed. Extramuros, 2015), se mueve en esa época del poema en prosa y la minificción en que aún van entrelazadas.

Alberto, novelista, ve en este libro una prosa poética pero también una narrativa de la experiencia íntima. No hay, casi, personajes que encarnen una trama, con algunas excepciones: un niño solitario que se asoma de vez en cuando, como en “La penumbra”, en una casa que resuena a Villa Berta antes de la familia feliz y las reuniones de amigos: “de madera verde, con un corredor airoso rodeándola en cada uno de sus dos pisos. Tiene delante un jardincillo en ruinas, y aun la alcanza, desde la carretera, la sombra de los grandes árboles de la Colonia” (20). Este niño solitario, cierta tarde, “cruza solo a la casa pequeña y pega su cara a los cristales. Allí dentro todo está quieto, aunque afuera el aire mueve los grandes árboles de la colonia” (20). Ese personaje de niño solitario, que recuerda al padre evocado por sus hijos, huye ante la visión: “Y de pronto el niño ha huido, porque ha visto abrirse una puerta allí en el mundo de vidrio, y la mano dorada de Maud, la jamaiquina regia, sobre el pomo dorado de la puerta” (20). Alusiones al mundo infantil que habita mundos de ficción: “Derrúmbase el gran tiempo con la lanza de Héctor; lo ha devorado el polvo de la playa. Pero el tiempo pequeño sobrevive, y se asoma solemne a la lámina, negra su boca redonda, como un pobre niño tonto que sonriente conmueve.” (“La vasija”, 23). La fantasía de estas Versiones, en general, recuerda al niño: “El mayor de los dioses cabe en la palma de tu mano.” Sugiere el contraste entre la grandeza divina y una mano pequeña, en la que “Muy suavemente debe hacerse lugar, por miedo a que, dormido como estás, no vayas a cerrar los dedos.” (“Entre las sillas rotas”, 26)

No puede faltar el Nacimiento que, como el de Villa Berta, se expande en sentidos simbólicos desde la pluma del padre: “El tiempo del Paraíso es el Rey Mago de barro que está en los Nacimientos. Y el tiempo del Infierno es el Rey de la baraja” (22). Versiones es una serie de reflexiones sobre el destino —recreado con frecuencia en las cartas de la baraja—, la suerte, pero también la muerte: “La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.” Las fotografías, tan apreciadas entre los Diego, cuidadosamente tomadas por Bella, resguardadas y anotadas en los álbumes que resguarda Josefina también son un motivo para recordar que “la muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer” (“Versiones”, 41). La muerte postergada que, como el hijo, el padre mira con una cierta ironía: “Pide un poco más, y la muerte dice que está bien. Arguyendo con delicadezas de ciego, con violencia de niño, con obstinación de pobre, pide un poco más, y la muerte dice que está bien.”

La dedicatoria de Eliseo a Cintio Vitier y su esposa, Fina, hermana de Bella, me recuerda el inicio de este recorrido literario: “qué pudo hacer que nos encontrásemos en medio de la ciudad enorme, sino aquella acidez con que buscábamos los mismos asombros”. Es la respuesta a mi pregunta: ¿qué pudo hacer que me encontrara con Josefina de Diego, en la mítica ciudad de La Habana, a la que acudí por primera vez, cuando ya no me quedaban casi referentes culturales? ¿O que me reencontrara con Eliseo Diego, con sus libros, en este mundo interminable de textos, en una ciudad en la que los turistas buscan fiestas interminables? ¿O que me encontrara con Eliseo Alberto, en el hallazgo de la novela de su padre? El asombro de La Habana fría de invierno, de la generosidad de Josefina de Diego, de las palabras ya olvidadas e inesperadamente redescubiertas.

 

Alberto, Eliseo, La novela de mi padre, Alfaguara, México, 2017.

De Diego, Eliseo, Versiones, Ediciones Extramuros, La Habana, 2015.

De Diego, Josefina, El reino del abuelo, Colección Sur Editores, La Habana, 2016.

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