mi oda por el cantor del niágara

Diseño: Gilberto González García

por

tomado de Radio COCO.

El poeta cubano José María Heredia, el cantor del Niágara, nació donde, al decir de José Martí, son más altas las palmas, en la ciudad de Santiago de Cuba, el 31 de diciembre de 1803 y murió en Toluca, México, el 7 de mayo de 1839.

¡No había cumplido aún 36 años!

Sobre la obra de Heredia, todos sabemos que es inmensa; fue grande como poeta, pero brilló también como periodista, editor, dramaturgo, traductor y quizás lo fue como abogado, la carrera que cursó con honores en la Universidad de La Habana.

Lo cierto es  que el bardo santiaguero está considerado con total  justicia como el primer romántico de nuestra lengua.

Sin embargo, de su vida no se ha hablado con igual nitidez y fue incomprendido y vilipendiado por algunos que, en tiempos de gloria, tuvo como amigos.

A los tres años sabía leer y escribir, a los ocho traducía a Horacio y a otros clásicos de la cultura latina y a esa edad comenzó también a escribir sus primeros poemas.

Con sus padres vivió desde muy pequeño en Santo Domingo, luego en Caracas, donde, según relata José Martí, el niño poeta escuchó las historias de aquellos “héroes que se subían a los montes para divisar el porvenir, y escribir la profecía de los siglos al resplandor de la nieve inmaculada […] y oyó decir de Bolívar, que se echó a llorar cuando entraba triunfante en Caracas, y vio que salían a recibirlo las caraqueñas vestidas de blanco, con coronas de flores. De un Páez oyó contar, que se quitaba los grillos de los pies, y con los grillos vapuleaba a sus centinelas” y en la Ciudad de México, en la que “oyó contar de una cabeza de cura, que daba luz de noche, en la picota donde el español la había clavado. ¡Sol salió de aquella alma, sol devastador y magnífico, de aquel troquel de diamante!”

Y este fue el joven que tras la muerte de su padre, con apenas 18 años, regresó a Cuba para estudiar la carrera de Leyes, la misma que ejercía aquel “hombre generoso que  con su mucho saber, y con la inspiración del cariño, ponía ante sus ojos ordenados y comentados, los elementos del orbe, los móviles de la humanidad, y los sucesos de los pueblos”, como también dijera Martí.

Lo cierto es que la presencia de Heredia en La Habana fue todo un suceso en la vida cultural citadina, lo mismo publicaba poemas y artículos periodísticos, que fundaba revistas, estrenaba tragedias en los teatros e incluso llegó a conspirar contra la dominación española como miembro pleno de la logia francmasónica de los Soles y Rayos de Bolívar.

Ya graduado, el  talentoso abogado fue a establecerse a la ciudad de Matanzas, la Atenas de Cuba, donde fue admirado, pero también denunciado como conspirador y contra él se dictó una orden de prisión; temeroso por su vida, Heredia escapó en un navío anclado en la rada matancera que salía rumbo a Boston, en los Estados Unidos. No había cumplido los 23 años.

En el país norteño, el poeta cubano viajó primero a la ciudad de Nueva York, luego por otros parajes, entre ellos, las cataratas del Niágara, cuya belleza inspiró un majestuoso poema, una oda que inmortalizó su nombre.

La fama alcanzada por Heredia era inmensa, llegaba de norte a sur en todo el continente americano, pero a Cuba no podía regresar y decidió establecerse en México, país que conocía desde su temprana juventud y donde encontraría afectos, idioma, trabajo, amigos y solidaridad.

En esa nación ejerció como periodista, hizo traducciones literarias, se desempeñó como maestro y hasta incursionó en la vida política. Pero allí, a los viejos sufrimientos se suman los nuevos, provocados por la muerte de su hijita y hasta él enfermó de tuberculosis.

Es en esta situación que envía una carta a Miguel Tacón, capitán general de la isla de Cuba, en la que se retracta de aquellos ideales de joven revolucionario y romántico, pidiéndole que le permita volver a la patria, ver a su madre, vivir aquí.

El permiso fue concedido, pero los amigos de antes no le perdonaron esa debilidad y su estancia en la Isla, además de breve, estuvo acompañada por las críticas abiertas o solapadas, con las condenas de unos y los silencios de otros, pero todos rehuían su compañía y el poeta, más triste que nunca, abandonó Cuba para nunca más regresar.

Pasaron los años y el lodo mancillaba su nombre, solo la grandeza de nuestro José Martí logró colocar sobre su frente la corona de laurel de los grandes héroes, cuando dijo: “Yo vengo aquí como hijo desesperado y amoroso, a recordar brevemente, sin más notas que las que le manda poner la gloria, la vida del que cantó, con majestad desconocida, a la mujer, al peligro y a las palmas”.

Y refiriéndose a Heredia, decía el apóstol cubano que hijos de la América entera llegaron hasta aquellas cataratas de los versos del poeta para saludarlo“[…] y lo saludaron con sus cascos de piedra, las estatuas de los emperadores mejicanos, con sus volcanes Centro América, con sus palmeros el Brasil, con el mar de sus pampas la Argentina, el araucano distante con sus lanzas ¿Y nosotros, culpables, cómo lo saludaremos?”

 Y concluyó diciendo: “¡Danos, oh padre, virtud suficiente para que nos lloren las mujeres de nuestro tiempo, como te lloraron a ti las mujeres del tuyo; o haznos perecer en uno de los cataclismos que tú amabas, si no hemos de saber ser dignos de ti!

Related Post

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *