las décimas de ronel

Ronel González Sánchez (Holguín, Cuba, 4 de abril de 1971). Poeta, escritor para niños, investigador literario, realizador radial, promotor cultural, autor de 55 libros publicados. Ganador de numerosos premios en Cuba y en el extranjero. Entre sus títulos sobresalen: El mundo tiene la razón (1996), Desterrado de asombros (1997), Zona franca (1998), Ya no basta la vida (1998), Consumación de la utopía (1999 y 2005), La furiosa eternidad (2000); La inefable belleza (2003); Atormentado de sentido. Para una hermenéutica de la metadécima (2007); Inventario de carencias (2010) Los estudios: Selva interior, estudio crítico de la poesía en Holguín (1862-1930) (2002), La noche octosilábica; historia de décima escrita en Holguín (1862-2003) (2004); La sucesión sumergida. Estudio de la creación en décimas de José Lezama Lima (2006); Alegoría y transfiguración. La décima en Orígenes (2007); Temida polisemia. Estudio de la obra literaria de Delfín Prats (2017). Los volúmenes para niños. El Arca de No Sé (2001); Zoológico (2010); En compañía de adultos (2010); La enigmática historia de Doceleguas (2010); La honorable bruja Granuja del esqueleto embrujecido (2013); Relatos de Ninguna Parte (2013). Relatos turulatos (2015); Las diabluras de Elegguá (2015). Las selecciones: Los pies del tiempo (1998); Árbol de la esperanza. Antología de décimas hispanoamericanas (2008), El amoroso cuerpo trascendido; primera antología de la poesía erótica de Holguín, Cuba (2015) y Erase u elefante bocarriba; racimo de décimas humorísticas cubanas (2017). Posee la Distinción Por la Cultura nacional.

 

El peso de la cruz

 

 

                                      Escribo, poco y mal, porque estoy pensando

                                                                        con zozobra y amargura.

                                 José Martí: Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos,

14 de mayo de 1895.

 

 

Agua del Contramaestre.

Agua turbia.

Agua crecida.

 

¿Hasta qué punto la vida

es un cántico silvestre?

 

Entre el fango,

lo terrestre va enmaniguándose.

 

Un vado al muslo.

 

El cuerpo angustiado

y, en el sopor que lo inhibe,

la noche bella proscribe

el sueño del Delegado.

 

Un río.

Un caballo.

Un hombre.

 

El sol licuando la piel.

El croquis de un coronel

en la sabana sin nombre.

 

Un río.

Un caballo.

Un hombre.

 

Un paredón de humo infame.

 

No importa que alguien se llame

Ángel, si en vano custodia,

ni que entonen la rapsodia

un fustete y un dagame.

 

Las bayonetas a un palmo

de los fervores solícitos,

los desencuentros ilícitos,

el verso indómito o calmo.

 

¿Hay entre el augusto salmo

y la pólvora nefasta

algún vocablo entusiasta,

alguna zona intermedia

que disfrace la tragedia

de “episodio iconoclasta”?

 

Hay criaturas sin derecho a ser felices. Hay seres que,

entre la cruz y placeres, optan por llevar al pecho el

manuscrito deshecho de una fortuna reacia,

y sobre el hombro la audacia temeraria del novicio,

que al más febril sacrificio entran

de un tiro de gracia.

 

Algo.

Alguien se encamina

hacia un cuerpo.

 

Alguien apunta el odio de una pregunta

y, al gloriarse, se anodina.

 

Sangra la maleza indina.

 

Nadie es sacro o pusilánime.

 

Algo serpentea exánime.

 

No plañe ni un rostro magro

y nada invoca un milagro

en la soledad unánime.

 

Ser héroe nunca es ser Dios,

aunque ambos se transfiguren.

Por más que sus obras duren

no hablan con la misma voz.

Hay un intersticio atroz,

un filamento vibrante

que los envela un instante

y el héroe se enmarmoliza,

sin dar tiempo a que la brisa

espiritual lo levante.

 

Pedir que la piedra arrope al polvo

es un afán manco

si sobre un caballo blanco

la sangre sigue al galope.

 

A veces la selva inope

en torno quiere enramarse,

pero la Luz vuelve a darse

a los discordes montíos,

y entonces,

todos los ríos

vuelven a transparentarse.

 

Historia de cruzados

 

 

                                                   Poeta, tú no cantes la guerra; tú no rindas ese tributo rojo al Moloch,

                                                  sé inactual; sé inactual y lejano como un dios de otros tiempos,

                                                 como la luz de un astro, que a través de los siglos

                                                llega a la humanidad.

Amado Nervo

Yo no puedo escribir sobre la guerra

porque solo conservo en la memoria

falsas reproducciones de una historia

que a veces mi optimismo desentierra.

Concebir esta página me aterra

como pensar que pude haber caído.

Las guerras no rebasan el olvido

y cualquiera es un héroe o un cobarde.

A mí no me llamaron. Ya era tarde.

Los últimos soldados se habían ido.

 

 

Eufóricos y osados ante el ruedo

a todos nos cegó la misma farsa

y avanzamos, detrás de la comparsa,

como en un carnaval de sangre y miedo.

Sólo cuando la Muerte mostró un dedo

dejaron de caer los gladiadores

entre perdonavidas y traidores

y se tornó la guerra paradigma.

Solo cuando la Muerte fue un estigma

terminó el ajedrez de los mayores.

Para la guerra siempre hay un motivo.

El rapto de Briseida es un estorbo

universal, una ración de morbo

interminable en el siniestro archivo

de césares y brutos. Estar vivo

es un error de cálculo execrable.

La guerra no es un virus incurable,

pero a todos los hombres nos contagia:

unos querrán que empiece la hemorragia,

otros, que no castiguen al culpable.

 

Ninguna vida salvaguarda un verso.

A nadie un verso la razón despierta.

Tanta grafomanía desconcierta.

Ninguna causa vale tanto esfuerzo.

Podrá cambiar la guerra el universo,

pero no sanará ciertas heridas.

Aunque de difidentes y homicidas

estén llenos impúdicos acrósticos,

persistirá el horror de los agnósticos

y crecerá el placer de los suicidas.

 

 

Agresores y aliados: neandertales

que año tras año van a las cruzadas

con la cifra infinita de sus nadas

a cuestas, como dones teologales:

los fanatismos también son fatales

como esperar en desolada orilla.

¿Tendremos que ofrecer la otra mejilla

y recibir, con júbilo enfermizo,

el vacuo resplandor del Paraíso,

la perfección que muere de rodillas?

 

 

Si al menos tú pudieras, Padre oscuro,

explicarme qué férula ilusoria

despierta en ciertos hombres la mortuoria

idea de enviar hacia lo impuro

de un supuesto principio al que más duro

pueda blandir la espada y al convicto,

si al menos tú escucharas lo interdicto

por el futuro mártir que simula

obedecer al que lo manipula

seguro impedirías el conflicto.

 

 

La guerra, para mí, fue un comentario

y el temor de mi padre al documento

que no firmé. La guerra fue un invento

para que no durmiera el vecindario.

Repasar sin aliento algún rosario

a nadie exoneró del crucifijo.

Alguien también lloró y alguien maldijo

a los que regresaron sin medallas

y a los que dirigieron las batallas

de donde no volvió, jamás, el hijo.


Materia cognoscente

 

Los paradigmas han muerto.

Ardieron los incunables.

Ya no hay templos profanables.

Edipo es un nombre incierto.

Los ladrones del desierto

van tras el mismo fantasma

que los exaspera. Pasma

la ontológica presencia

del que vislumbra en la ciencia

un canon que no entusiasma.

 

Eclécticos y agotados

como lo informe, asistimos

a una época que vimos

mantenernos alejados

de las esencias. Aliados

eternos de la retórica,

sobre la columna dórica

de la tradición ustible,

supimos que era posible

quebrar la visión histórica.

 

Alguien se proclama hereje

desde un consciente hibridismo

que acentúa el espejismo

de los demás. Alguien teje

sus miserias, y refleje

o no el horror de la turba

triunfará, porque una curva

excita más que una recta,

y ante “lo nuevo” una secta

de mediocres se masturba.

 

 

Novedad: yo te conmino

a que te resemantices.

Connotados aprendices

estereotipan lo indino.

 

Postmodernos de anodino

rostro, mezclan ilusorias

existencias aleatorias

en aras de que la gnosis,

preserve de la psicosis

sus torpes combinatorias.

 

Incertidumbre teórica.

Disolución del lenguaje.

Estafa = homenaje.

Melopea metafórica.

Neofilósofos de eufórica

vanilocuencia sin ismo,

pecan de irracionalismo

y se atrincheran en Job,

para disfrazar lo snob

de anticonvencionalismo.

 

Nobles o cínicos, góticos

émulos del alambique

conceptual, contra el que indique

otra ley, somos despóticos.

Hermeneutas y semióticos

propician que el mundo sea

una proverbial marea

de materia cognoscente

que cambia, al cruzar el puente

entre la forma y la idea.

 

Esporádico y fortuito,

traza el hombre en las paredes

de su caverna, las redes

gnoseológicas del mito:

un animal infinito

que prolonga el aislamiento

del cazador, un momento

de agonía interminable,

en la burda y reciclable

memoria del desaliento.

 

El hombre es el correlato

del mundo tardomoderno:

quiere negar el infierno,

pero su infierno es innato.

Su existencia es sólo un dato

legitimable, una fecha

aproximada, en la estrecha

rueda civilizatoria,

algo que siembra en la historia

el germen de la sospecha.

 

Ya el hombre no es la medida

de todas las cosas. Drástica

es su manía sarcástica

de resistir, pero olvida

su alienación contenida

en el devenir despótico

de la sociedad. Caótico,

quisiera huir de sí mismo,

pero su antropocentrismo

lo volvió necio, y exótico.

 

Es volitivo y simpático

no padecer la belleza.

Si un filántropo progresa,

será mendaz y tanático.

Un siglo melodramático

queda atrás. Otra centuria

exige una nueva furia

a base de nuevos códigos,

¿pero cuáles hijos pródigos

cambiarán la noche espuria?

 

Fastos de eterno retorno

tras la epistemología

de la sociedad (Cabría

preguntarse si el trastorno

es sólo un pan que en el horno

se quema, o es un patético

vanguardismo) ¿Es tan herético

comprender que no resulta

disparar la catapulta

desde un porvenir hermético?

 

Hay que desnudar la saga

occidental, es preciso

desterrar el enfermizo

discurso, y la tenaz plaga

mimética que nos traga.

Hay que entrar en el posludio

de una era en que el repudio

a orfismos identitarios

nos convierte en adversarios

del teleológico estudio.

 

Modernólatras de feria,

urden un abracadabra

que convierte a la palabra

en ardid de la miseria,

sistematizan la histeria

performática: atributo

de un epos irresoluto,

que funda su propia mística

en la conciencia agonística

temporal, que acrece el luto.

 

Una edad se autoproclama

ulterior y adscribe axiomas

leotrópicos, que son bromas

del astroso panorama.

Todo reposa en la trama

epocal donde, inseguro,

viaja el hombre hacia lo oscuro,

y, émulo de Nostradamus,

persiste en el gaudeamus

autófago del futuro.

 

 

 

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