Nómadas

Premio Ciudad de Pupiales, 2017.

Lucila es mayor que yo, dieciocho años, siete meses y veintiún días. Recuerdo también las horas exactas de la diferencia, por supuesto, pero hace ya tiempo que no me abrumo con datos excesivos. Prefiero olvidar ciertas cifras, como las veces que nos hemos mudado de pueblo y ciudad y otros pormenores que en ciertos casos terminan convirtiéndose en pormayores. Pero, no obstante su edad, se ve muy bien. Pasados los cincuenta, Lucila reluce todavía como lo que toda la vida ha sido: una mujer deslumbrantemente hermosa. Y tiene ese infatigable optimismo para comenzar una y otra vez desde cero con la misma ilusión del primer día. Ahora está encantada porque dispone de un patio amplio y luminoso detrás de la cocina. Es nuestro nuevo apartamento, donde comenzaremos otra nueva vida hasta que llegue la hora de largarnos nuevamente. Mientras examina los cambios que necesita la morada yo, que escribo guiones para programas sucios de cadenas televisivas de segunda categoría, me devano los sesos hilvanando la próxima historia.

Lo cierto es que estoy cansado y desearía empezar de cero, pero verdaderamente de cero, sin Lucila y sin mí mismo. Mudarme a otro esqueleto y aparecer como los personajes de mis historias cutres, de repente y sin muchas explicaciones en el momento más oportuno. Aparecer y ya. Aquí estoy yo, Alberto de tal y tal, mucho gusto y ya nos veremos.

Lucila tiene su propia definición para tales crisis de identidad. Las llama Remordimientos tontos
que regresan a por más sangre. Yo sonrío y no digo nada, ni una palabra. Me limito a sacar de la cartera la vieja fotografía de mi padre y mirarlo durante un rato, absorto. Mi padre vestido con traje y corbata sonriendo a la cámara en vísperas del viaje en que perdería la vida.

Tengo obsesión con su foto de pasaporte y con esa actitud, aparentemente estúpida, de sonreírle a la muerte. De niño yo confiaba en que su alegre expresión conservada en nitrato de plata se tornara seria, solemnemente seria, abatida por la certidumbre irrevocable de la muerte. Y, claro, es inevitable pensar que soy yo mismo el de la foto, idéntico. Nos parecemos brutalmente. Y, por tanto, termino llorando al cabo de un rato. Lucila también llora algunas veces. Pero muy a menudo es feliz. Insolentemente feliz. En estos días he comenzado a preguntarme qué ocurrirá al hacerse infranqueable la diferencia de edades. Uno no puede largarse de la vejez como si fuese un barrio de lengüilargos. No existe el pueblo Juventud.

Ahora, en este nuevo lugar, viviremos un montón de días dichosos, en paz. Se reanudará el perenne idilio que entrelaza nuestras existencias. Y luego, igual que se suceden las estaciones, tendremos los mismos problemas de otras veces. Entonces Lucila, la incansable, comprará un mapa y escudriñará las regiones más distantes, si es posible algún paraje remoto, pero bien comunicado para facilitar la siguiente estampida, y con la acuciosidad de los prófugos sempiternos encontrará el refugio cinco estrellas al que enfilaremos el perfil de nuestras vidas nómadas.

Nuestro estigma emana de los irrefrenables deseos de Lucila. Y de sus manifestaciones líricas. Los médicos han concluido que padece una ninfomanía reforzada con fuertes dosis de arraigo en personalidades múltiples no florecientes. Bueno, algo así me han explicado. Equivale a decir que ella es varias personas a la vez, pero sin conflicto en cuanto a la hegemonía de Lucila. Lucila manda sin discusión, predomina claramente sobre sus otros yo titubeantes. A veces cierro los ojos e imagino que dentro de ella habita un circo. Y en el circo una horda de amazonas sedientas de fluidos. Todo lo cual resultaría inocuo si no gritara cavernariamente en el paroxismo de sus orgasmos y hablara más de lo debido en las sobremesas. Siempre alguien la escucha. Y comienzan las averiguaciones, los murmullos y, finalmente, los problemas.

Lucila es peluquera. Arregla el cabello de otras mujeres, generalmente vecinas. Las mujeres suelen hablar mucho, es cosa sabida. Por algún oscuro motivo, cuando ponen la cabeza en manos de otra mujer su locuacidad se aviva al extremo. Parlotean y se cuentan todo tipo de cosas. Lucila confunde mi nombre muy a menudo. Me llama indistintamente Alberto o Ignacio (nombre de mi padre). Sus clientas sonríen maliciosas por este tipo de gazapos. Y por la diferencia de edad. Y dejan de sonreír y hasta de hablar cuando, bastante a menudo, alguna se atreve a piropear mi figura y virilidad. O mi carácter reconcentrado y silencioso.

Lo ideal sería vivir en una casa solitaria, pero la paga que recibo por mis historietas banales no es suficiente para semejante lujo. Necesitamos a otras mujeres, o al menos los cabellos irredentos de sus cabezas para poder continuar nuestras vidas nómadas.

Somos fugitivos.

Y sufro notablemente los cambios geográficos y la sensación de peligro.

Pensándolo bien, me ayudaría mucho tener doble personalidad. Que se operaran en mí verdaderas modificaciones de acuerdo a cada momento en que dejo de ser Alberto para convertirme en Ignacio, y viceversa. Pero siempre sigo siendo la misma persona, el mismo tipo atrapado en un callejón sin salida. Lo cual no deja de ser extremadamente irónico, tratándose de alguien como yo que escribe historietas tan imaginativas.

Los psicólogos piensan que una cosa que nos hubiera venido de perlas, habría sido recuperar el cadáver de papá. O sea, que el cadáver de papá hubiese aparecido en su momento. Un cuerpo frío y desfigurado para que sus deudos tomaran contacto real con la muerte.

Aunque la muerte provoca dolor y tristeza, su visión posee un gran valor terapéutico. Es por eso que hay funerarias, velorios y entierros. Para que los allegados se conformen con la pérdida y dejen de suponer cosas imposibles o se queden aturdidos, absortos en la carencia de confirmación.

Yo, a mis muertos de los guiones siempre los pongo a la vista de todos. No importa cuán horribles se encuentren luego de ser degollados o hechos trizas por un tren que se cansa de la monotonía de los rieles e invade un pueblo cuyos habitantes duermen ingenuamente.

Y nunca dejan fetos formándose. Ni hay huérfanos tristes mirando las fotografías risueñas de sus padres en las historias que yo escribo. Si uno quiere ser un hombre decente, lo menos que puede intentar es que a las demás personas (incluyendo las de la ficción) no les ocurran las mismas desgracias por las que ya uno pasó.

Mis personajes cometen atrocidades comunes. Roban y matan y traicionan a sus mejores amigos. Fornican con la mujer del prójimo y son ambiciosos hasta el delirio, capaces de cualquier bajeza para conseguir sus propósitos mezquinos.

Pero nada de padres muertos sin que exista un cadáver para llorarlo. Ni madres pobladas de personalidades múltiples que no saben resignarse y aguantar; mucho menos esbeltas mujeres consumidas por el fuego uterino y horribles fantasmas pecaminosos.

Por supuesto, nunca escribo una palabra acerca de los menores buscados por quienes se encargan de la protección a la familia y la decencia. Esos argumentos retorcidos se meten en el subconsciente de los espectadores y los perturban de la más maligna de las maneras.

Así que tampoco menciono siquiera el vocablo incesto.

Ni tomo de personaje a una embarazada que queda viuda.

Además, por mucha angustia que sienta algunas noches, enormes deseos de llorar incluidos, no me atrevo a llamar mamá a Lucila.

Tengo mucho miedo de que me quite otra vez la fotografía de Ignacio, ese padre mío que sonríe poco antes de enfrentarse a su muerte.

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