todos seremos cómplices

de la red en defensa de la humanidad.

De nuevo en La Habana el Festival Internacional de poesía.  En esta ocasión se cumplen veinte años de que se reuniera en esta ciudad un grupo de creadores y promotores sensibles y lúcidos  para  echar a andar el sueño de organizar un espacio como este, donde,  alrededor de la palabra, nos encontramos para hablar de la  paz, de la belleza, del amor y de la vida, y en el que  abrazamos juntos las causas justas y  denunciamos el egoísmo generador de tanta infamia, muerte y sufrimiento.

Pero en estos veinte años nuestra casa mayor se ha transformado.  Aunque en 1992 los gobernantes de la mayoría de los países reconocieron su inmensa responsabilidad  en la conservación del  medio ambiente y en impedir una posible debacle ecológica, los escenarios apocalípticos se acercan cada vez más.

El modelo neoliberal, caracterizado por un consumismo desenfrenado y patrones de producción y derroche de los recursos naturales totalmente irracionales, degradan los ecosistemas del planeta, contaminan tierras y mares y se instalan en el imaginario colectivo. Así siembran en las conciencias de las mayorías el individualismo y el culto a lo banal e inmediato y anulan la capacidad del individuo para pensar en el bien común y todo sentimiento de responsabilidad respecto al futuro.

Los recursos que estamos consumiendo no son infinitos. El agua, esencial para la vida, escasea cada vez más, y se pronostican guerras por el control de sus fuentes y reservas en años venideros. La tierra, enferma, transita por veranos de temperaturas extremas e inviernos de fuertes heladas. Sequías e inundaciones provocan catástrofes y penurias inenarrables y lanzan a un destino incierto a cientos de miles de refugiados. La brecha entre países ricos y  pobres no ha dejado de crecer. Tampoco la que existe en cualquier nación entre los sectores ricos y pobres. La mayoría de los habitantes del mundo no poseen un mínimo bienestar material ni espiritual, ni cuentan con una existencia digna; mientras una exigua minoría acumula y ostenta posesiones inútiles y extravagantes. La situación es cada vez más trágica y bochornosa. El planeta todo no alcanza para tanta avaricia, ni tiene lugar para tantos desechos.

En diciembre de 2015, en París, cuando pudo haber tenido lugar un hecho trascendente para la historia de la humanidad, fuimos testigos de un triste espectáculo  de lentejuelas. Lo que se nos vendió como un gran Acuerdo sobre el Cambio Climático que serviría de base para evitar la catástrofe, no nos separa ni un ápice  de la misma, por la funesta resistencia de los poderosos.

La red En defensa de la humanidad,  previo a la Cumbre de París,  había circulado un mensaje, respaldado por la Cumbre de los Pueblos de Cochabamba, en el que se oponía firmemente a las soluciones de mercado e instaba a los países industrializados a asumir su responsabilidad histórica y  a encabezar la batalla por la supervivencia de la especie.

Si bien es cierto que el Acuerdo de Paris logró que casi todos los Estados se unieran en un acuerdo mundial y que el debate climático atrajera la atención de los medios; hay que decir también que el acuerdo en sí mismo no resuelve nada y que constituye solo un punto de partida. No podemos darnos el lujo de festejarlo como un logro.

 

  • es un acuerdo en el que los compromisos de disminución de emisiones de gases de efecto invernadero (que son las que inciden en el calentamiento global y deben ser reducidas), son de cumplimiento voluntario.
  • se plantea como meta evitar que la temperatura media de la atmosfera a nivel global aumente 2 grados con respecto al periodo pre-industrial, a sabiendas que esto equivale a una sentencia de muerte para pequeños estados insulares que simplemente desaparecerán si se alcanza esta temperatura.
  • con el objetivo de acallar sus reclamos, se incluye en el texto del Acuerdo que se hará “todo lo posible” para que lo anterior no suceda. Tal declaración es una burla si tenemos en cuenta que la suma de  todos  los compromisos individuales presentados por países resulta  muy por encima de lo considerado aceptable y que,  además,  la mayoría de estos están condicionados a que se les ofrezca a estos países ayuda financiera para poder cumplirlos.
  • es inconcebible que en un acuerdo  de este tipo no se hable  de cambio del modelo energético,
  • que no reconozca lo inviable de los hábitos irracionales de consumo propios del capitalismo,
  • que no se refiera a los millones de desplazados climáticos,
  • que no obligue de forma efectiva a proveer del financiamiento necesario a los países pobres,
  • que excluya los sectores de la aviación y el transporte marítimo, altamente contaminantes,
  • que no critique el modelo agrícola, que está intoxicando al ser humano,
  • ni las prácticas extractivas dañinas, entre otros muchos aspectos.

En fin, un acuerdo vago e incoherente para satisfacer todos los gustos y tomarnos el pelo mientras los recursos se siguen agotando, los países desarrollados siguen derrochando y mientras poblaciones enteras son barridas de la faz de la tierra por desastres cada vez más mortíferos.

A este escenario se le adiciona la constante mentira. Se le miente al mundo, se manipulan datos, se oculta información, se anuncian falsas soluciones con la mayor algarabía mediática y se obstaculizan los esfuerzos que en verdad podrían frenar la carrera hacia el abismo. Se intenta acallar a los movimientos sociales mediante la intimidación, la penetración de sus filas, la confusión, la represión más brutal y hasta el asesinato, como el recientemente acaecido de la compañera Berta Cáceres devenida mártir de las luchas contra el apetito transnacional.

No tenemos tiempo y la responsabilidad es muy grande.

En el año 2009 Fidel, en una de sus “Reflexiones”,  dijo que hasta hace muy poco se discutía sobre “el tipo de sociedad en que viviríamos” y que hoy de lo que se trataba era de discutir “si la sociedad humana sobreviviría”.  Para los que conocemos su capacidad de prever los acontecimientos futuros, estas palabras resultan estremecedoras. Y ya han pasado siete años.

Entonces, elevemos hoy nuestras voces, nuestros cantos. Usemos todas nuestras armas. Se trata de impedir la tragedia, la mayor jamás imaginada. No estamos hablando de un siglo futuro. Nuestros hijos y nietos serán las víctimas, y todos seremos cómplices.

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