una joya oculta, libro de un adelantado

Por Jesús Sama Pacheco.

EL LIBRO ROJOEl libro rojo, de Guillermo Rodríguez Rivera (Santiago de Cuba, 1943), es uno de esos libros raros, poco comunes, que al leerlos, junto a la admiración que provocan, nos dejan un grupo de interrogantes, muchas veces incontestables. Escrito en las postrimerías de una de las etapas más convulsas de la literatura cubana, ha permanecido durante más de cuarenta años inédito, hasta su reciente publicación gracias a la encomiable labor de la Colección SurEditores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que dirige el poeta Alex Pausides.

El libro contiene once textos que abarcan apenas sesenta páginas. Los poemas, elaborados en versos libres, presentan un hibrido de poesía y ensayo, dentro del cual subyacen exponentes de la nota, el reportaje, la entrevista y la crónica periodísticas, que lo hacen único. En tal sentido, nos comunica el autor: Es una fusión de géneros que tiene una correspondencia con los cambios de tipografía dentro de los poemas. Era la manera posible para mí de superar lo conversacional y la anti-poesía, no yendo a la poesía precedente sino avanzando al futuro. Fue la manera que me pareció coherente con esa pretensión de “decirlo todo” que se expresa en Arte poética. (1)

Escrito entre 1968 y 1969, fue finalista del Premio Casa de las Américas en 1970. Sobre el mismo ha expresado el ensayista y crítico Jorge Luis Arcos:

Es El libro rojo el que le confiere a la poesía de Guillermo Rodríguez Rivera un lugar muy singular dentro de la historia de la poesía cubana de la Revolución. Es este libro su creación más profunda y original…

   Es aquí donde el poeta despliega su voz definitiva. La feliz y difícil conjugación del poeta y el ensayista hace de El libro rojo uno de los testimonios de época más importante de la poesía cubana en cualquier tiempo. Es este libro el que amerita a hablar de una poesía de la historia.

Pero para hablar de este libro hoy y valorarlo con justeza –como aconseja Arcos en el prólogo a Canta (2)–, es necesario un acercamiento a la etapa en que se gestó. No debe olvidarse el sentido testimonial de la poesía cubana, en general, y de este libro, en particular.

Otros aspectos a considerar están relacionados con la forma y el contenido del libro. La etapa en que el mismo se escribe estaba dominada por la corriente de la  anti-poesía y el estilo coloquial. Creo que el libro que más se acerca a éste, en lo formal, es El diario que a diario, de Nicolás Guillén; aunque publicado en 1972, después de haberse escrito El libro rojo de Guillermo. Pero nada que ver uno con el otro y todo parece estar en sintonía con la simple coincidencia. Otra creación con ciertas características formales semejantes es el poema “Explico al lector por qué al cabo no concluí aquel poema sobre la comuna”, de Roberto Fernández Retamar, que aparece en 1971; pero, al igual que en el Diario que a diario, sin vínculo directo con el libro de Guillermo.

En cuanto al contenido, queda más claro aún, el autor de El libro rojo se distancia de todos sus predecesores y contemporáneos. Por otro lado, podemos decir sin temor a equivocarnos, Guillermo Rodríguez Rivera se adelanta a los novísimos y a otros escritores que posteriormente llevan a su poesía un contenido crítico de actualidad dentro del contexto de la Revolución. Sin embargo, ante la inminente y demoledora censura del quinquenio o decenio gris, y los desmanes de algunos funcionarios y seres oportunistas, el autor de El libro rojo le solicita al presidente de la UNEAC, en 1972, sacarlo del plan de la Editorial Unión –según palabras de Guillermo– antes que tuviera que hacerlo el propio Guillén. (3)

Si existiera alguna influencia, habría que pensar en Elegía a Jesús Menéndez (1951), de Nicolás Guillén; en Hora cero (1960), de Ernesto Cardenal; o en Taberna, de Roque Dalton, que aparece en 1969, cuando ya Guillermo ha escrito su libro.

También hay que pensar en la edad que tenía Guillermo entonces, apenas veinticinco años. Edad suficiente para escribir un buen poemario –un libro perdurable, como es el caso–; o descubrir la Ley de la Relatividad, como lo hiciera Einstein. Mas, ninguna edad es propicia para el vaticinio de futuros acontecimientos. Si Guillermo se conduele desde los primeros versos del libro al expresar: “…viendo desde lo alto los automóviles de La Habana, / los automóviles destruidos que, como bestias, / se revuelcan en las calles de La Habana”; / es porque no podía imaginar, como tampoco lo imaginaría ningún otro mortal, que en la actualidad, más de cuarenta años después, seguirían recorriendo esos mismos autos las calles de La Habana (las carreteras del país) en manos de uno de los grupos más adinerados de hoy. Y que esos mismos vehículos –¡vaya paradoja!–, como los viejos camiones privados, hayan auxiliado, y auxilian aún, al Estado y al pueblo en el titánico bregar por estos tiempos. Nadie podía imaginar tampoco que muchas de las dificultades, insuficiencias y errores de entonces, aludidos por Guillermo en su libro, trascendieran a nuestros días.

Y es que El libro rojo de Guillermo (no así el de Mao-Tse-Tung), por momentos, parece haber sido escrito ahora mismo, o que se va escribiendo mientras respiramos o desandamos las calles, ansiosos, en busca del pan nuestro de cada día o de la solución que dé definitiva respuesta al sacrificio y al heroísmo de un pueblo que ha jugado todas sus cartas al futuro. A ese futuro que, conscientes unos e inconscientes otros, han apostado por todo un continente.

Pudiera parecer a veces irreverente, pesimista y hasta contestatario, cuando nos dice en el primer poema (Arte poética): “yo, leyendo un periódico de cuatro páginas casi sin noticias, / tan ajeno.” Pero es, ante todo, un texto nacido de la honestidad, de la sagacidad y del talento de un joven que logró ubicarse con este libro en los peldaños más altos de la poesía cubana de todos los tiempos; un prestigioso intelectual que, a pesar de todos los contratiempos y el ostracismo en que se mantuvo el poemario durante más de cuarenta años, ha logrado crear una sólida obra como poeta, narrador, ensayista y crítico.

Para una lectura adecuada del libro, creo, no sólo es suficiente una mirada desprejuiciada, amplia, crítica –en el mejor sentido de la palabra–; sino también, el profundo análisis, la imantación de los sentidos para captar cada imagen, cada sugerencia, la esencia constructiva del mensaje. Es, ante todo, un libro con un trasfondo filosófico, humano y profundamente revolucionario, que deja fuera toda suspicacia, toda tesis mal intencionada, todo encasillamiento.

En el segundo poema (Historia de Cuba) se verifica la intención del autor en querer dejarnos un testimonio de época, una lúcida apreciación de cómo debemos mirar los acontecimientos y a sus protagonistas. Al inicio del poema nos dice: “Aquí, desde el oscuro fondo de las piedras / de la ciudad donde nací, cuento la historia.” Y más adelante: “y esta ciudad (…) desmoronándose.” Y hacia el final: “No es necesario zurcir nuevas mentiras / ni apuntalar un mito con los despojos de los combatientes. / No vamos a endiosar a nuestros padres…” Y el tiempo le ha dado la razón en reiteradas ocasiones, cuando hasta los máximos dirigentes del país han adoptado una actitud autocrítica y no sólo ha sido necesario desacralizar a los héroes, sino también a la propia Revolución.

En realidad estamos ante un libro con muchas aristas, con una cosmovisión amplia del momento en que se escribe. Si los detractores del libro en el pasado no fueron capaces, antes de acusar, de preguntarse por qué personas tan visionarias, intelectuales de izquierda de la talla de Cintio Vitier, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, Margare Randall y Washington Delgado, distinguieron El libro rojo entre cientos de originales, al menos, debieron leerlo correctamente. Sí; hay una mirada crítica, un sentir desprejuiciado, honesto –sin tapujos– sobre nuestra realidad. Pero también hay un sentimiento patriótico, de pertenencia, de hidalguía, que va más allá de toda sospecha. Y eso se puede apreciar a todo lo largo del libro.

En el poema titulado “Cerca de Vietnam” nos dice:

“…estamos en guerra. En New York, en París,

la gente que se come el mundo tiembla

viendo fotografías: las bombas de Hanoi

están cayendo sobre las piedras de La Habana.”

Precisamente esa estrofa me remite al discurso de Fidel en el sepelio a los mártires de Barbados, al decir: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla.” Y casi al final de ese poema, cuando Guillermo nos dice: “Nosotros haremos nacer otro mundo”, no puedo dejar de mirar hacia todo lo acontecido en Cuba y en el continente durante las dos últimas décadas.

No se puede soslayar que estamos ante un poeta conocedor de la filosofía y de la historia; y también, de la psicología y del comportamiento humano. Como alumno y como profesor de una carrera de humanidades, el autor de El libro rojo había estudiado a todos los filósofos, desde la antigüedad hasta el momento en que escribe el libro. Karl Marx y Federico Engels son, simbólicamente, co-autores de las ideas que en él se expresan. Y qué decir del Che, de Martí y de otros maestros de la verdad y del sentimiento patriótico que transpiran en estos versos. Veo también a Fidel cuando nos ha dicho: Sólo podemos perder nuestras cadenas. Bastaría citar un par de estrofas de los poemas “Para conjurar al Estado” y “Esperando al surdo”. En el primero leemos:

Tú que comienzas apenas a saltar el muro enorme

que eres tú y tu paso por la historia, buen hombre, hermano,

compañero,

no me leas así, no dudes, no sospeches:

la muerte del estado pasa por el estado.

Coge en tus manos tu fusil y defiende con todas tus cadenas,

con tus gritos de bestia,

de feliz bestia que se escapa,

nuestro estado.

Permítele crecer como si fuera casto, puro.

Y no olvides

(no se puede olvidar)

el día en que, también gritando,

lo derrumbaremos.

Y en el segundo (Esperando al surdo), que comienza con una cita de Carl Marx que parece aludir a errores y tendencias negativas, verificadas a lo largo del proceso revolucionario cubano –anteriores y posteriores a la escritura del libro– y que aún hoy padecemos, reza: “Todo derecho consiste en la aplicación de una regla única a hombres diferentes. En consecuencia, el igual derecho equivale a una violación de la igualdad, a una injusticia.”  Y en el texto del poema –como recordándonos a Mariana Grajales, a los padres de Martí, de Celia, de los hermanos Saiz, y a tantos y tantos cubanos y cubanas y, por qué no, a seres conocidos y anónimos de todo el mundo–, se puede apreciar el carácter humanista de los versos. Y nuevamente Ernesto Che Guevara aflora a nuestra memoria cuando Guillermo nos dice:

Cuando el hombre nuevo aparezca,

cuando ponga los pies sobre el camino

que desde el día en que nacía la memoria

recorrieron los héroes,

que recuerde a los sencillos, complicados, defectuosos

seres humanos que le dieron vida.”

Como es posible apreciar, todo el libro es testimonio. Todo el libro, más que un encuentro, es la relación más pura y consecuente de la poesía y la vida con el momento histórico en que despliega su voz el poeta. No hay filiación alguna con tendencias ni modismos. Hay momentos líricos y otros potenciados por la palabra desnuda, por el verso centellante, el grito a viva voz, la expresión más sincera de la doliente realidad. Poesía de denuncia, de plena exteriorización de los sentimientos y de la razón que el poeta, sin oscuros compromisos, enarbola como espada. Por eso, en el poema “Problemas personales” nos dice:

“–¿Casas? No hay, pero puedes ponerte en lista.

Aguilar tiene el 1. Imagínate, ocho de familia que

viven en un cuarto…”

Y un momento después:

“(Oscar González, sin embargo, se divorció por

cuarta vez y acaba de estrenar su quinto

apartamento…)”

Y es aquí, como en el poema siguiente, y en otros momentos del discurso con que Guillermo nos muestra los avatares de una etapa que sabe superable, pero que no sospecha se dilatara tanto, donde cobran mayúscula vigencia sus enjuiciamientos.

A “Problemas personales” le sigue un poema que no tendrá muerte: “El ministro, el poeta”. Primero, porque aquí el ministro es un símbolo que representa a la administración del Estado, a la entidad que promulga las leyes y las hace cumplir. Lo cual, aun desapareciendo el Estado, quedaría en manos de la tecnocracia, la que sólo pudiera desaparecer con el fin de la especie humana, tan dada a organizarse y crear instituciones como se conoce desde el surgimiento de las sociedades primitivas. Y segundo, porque el poeta siempre será el poeta y siempre estará en guardia como voz colectiva.

Me limito a citar sólo algunos fragmentos: “Cualquiera está dispuesto a levantar la horca del poeta”. Y dos estrofas después: “Por supuesto que es mucho más riesgoso alzar la horca del ministro”. Como se aprecia, Guillermo nos dice cosas sabidas, expresiones que otros no se atreven ni a meditar en voz alta, pero que por estos días adquieren un brillo y una dimensión enormes, cuando algunos más allá del ataque personalizado intentan hoy alzar la horca para la poesía como género. Que sería, por su connotación histórica y social, como ahogar el lirismo de todo un pueblo, dejar a una época estéticamente tartamuda, desheredada de imágenes que expresan su latir y más profundos sentimientos.

Y si analizamos con toda la honestidad que requiere la palabra y el momento, el poema –como otros del libro– fue premonitorio. Sólo habían transcurrido algunos meses de la publicación de ocho de los poemas del libro en la antología “Seis poetas”, editada por Casa de las Américas, y ya alguien levantaba la horca del poeta. Lo cual se multiplicó de manera apocalíptica durante el decenio gris. Pero Guillermo no era solo el conejillo de indias que el extremismo alcanzaba con su mira y garras. Era, mucho más allá, el poeta lúcido que se atrevía a decir verdades inamisibles a viva voz, comprender el papel del hombre en la historia y no ensañarse con nadie, no atacar al individuo sino a sus defectos, tal como nos había enseñado la propia Revolución, tal como lo demuestran sus propios versos cuando nos dice en el mismo poema:

“Creo que más allá (o más acá, no estoy seguro)

de las horcas y los refugios,

del fuego y del terror al fuego,

el ministro, el poeta, construimos lo mismo.”

No hay duda que estamos ante un pequeño libro –en extensión de páginas– y de un poeta que se agigantan con el tiempo. En “Elegía por la ciudad” Guillermo vuelve a ser premonitorio. No sabía que determinados problemas e insuficiencias iban a tener larga vida; pero veía en el futuro –como lo seguimos viendo hoy, como lo seguirá viendo siempre cualquier ser humano– el fin de las angustias, de las calamidades que en cada época laceran a la humanidad. En este poema dialoga con otro poeta de su generación, Víctor Casaus, y le dice:

Ahora, Víctor,

¿quién nos hará llorar por una piedra rota

o una luz apagada?

¿quién viene a maldecir por la pared que no se pinta desde 1960?

¿quién nos entregará las mesas arruinadas,

el mal de gente que nos impide hablar?

Y más adelante en el mismo poema, hay una estrofa que parece saltar de las páginas del libro y recorrer la historia, nuestra historia de quijotes y molinos, con palabras irrenunciables, palpitantes, como un credo de estos tiempos. El poeta es un joven iluminado que no puede atrapar ciertas circunstancias del futuro, pero si el futuro de manera global. Por eso le dice al otro poeta, que en ese momento sólo –y mucho– es el otro, el que escucha, aquellos, nosotros:

“…te convoco para mañana:

hay que decir nuevas verdades,

cantar otra canción sobre las ruinas,

amar, sobre la luz que viene.”

Pero no puedo darle toda la razón al poeta. Porque toda la razón no la tiene tampoco la Poesía, la Historia, la Lógica, la Filosofía, ni Dios; si pensamos en la vehemencia y en la justicia como seres individuales que somos, si tenemos en cuenta el momento, las vivencias, el punto de vista de cada individuo. En el poema que sigue, “La zafra”, concurren la visión crítica, la fe, el optimismo –entiéndanse la fe no como virtud teologal, sino como confianza en algo superior, pero plenamente terrestre–, como “la luz que viene” y que ya, desde sus primeros rayos, hace que hombres diversos se entreguen a una epopeya gigantesca, desandando el mismo camino.

El Consejo Nacional de Cultura (es una mierda

en las ciudades, pero aquí ni existe)

Por entonces, y durante el tiempo que duró el CNC, yo disfruté en la región donde vivía de cierta buena atención como joven escritor. (4) Cuando la vida le vuelve a dar la razón al autor de El libro rojo y una tropa apocalíptica se abalanza sobre grandes figuras de las artes y la literatura, implantando un decenio de injusticias y atropellos, recibíamos en el terruño la visita y asesoramiento de escritores ya consagrados y el CNC, entre otras bondades, publicaba folletos de preceptiva literaria que nos llegaban puntualmente. Se sabe que la sonada de los setenta enfiló sus cañones sobre objetivos muy específicos; y los que no teníamos una obra –ni siquiera incipiente como la de Guillermo–, pudimos, virtualmente, quedar como ausentes, fuera de juego, elementos sin interés para la horda. Mas, por esa fecha, sucedieron litigios semejantes en diversos sectores y territorios del país. Arbitrariedades que en muchos casos han quedado en el anonimato o colectivamente olvidados, como hechos circunstanciales, desmesura, de una época trascendida.

EL poema “La zafra” es sin duda un retrato de época, fiel alegoría a una página de nuestra historia que no será posible encontrar con tanta transparencia y autenticidad en los libros oficiales escritos con el objetivo, muchas veces incumplido o cumplido a medias, de recoger la historia para el conocimiento de las nuevas generaciones. El poema es una especie de gran reportaje, sintetizado por la manera expresiva de la poesía, en el que concurren diversas citas, pinceladas de otros géneros periodísticos y hasta una pequeña epístola. En él, Guillermo logra darle un toque de humor a la tragedia, siendo capaz de ironizar y burlarse hasta de sí mismo:

Hay una nota en la tercera página de Guerrillero

del 10 de mayo de 1969. La firma un tal Guillermo

Rodríguez, corresponsal de un batallón. Habla de

unas gentes que estuvieron trabajando en la

zafra. En fin, sólo da cifras, metas cumplidas,

planes y normas para el corte, como todo el

periódico.”

El poema “Futuro imperfecto” comienza con una cita de Nicanor Parra que sirve para reafirmar la voluntad y visión del poeta con relación al presente y al futuro. Si, por un lado, el poeta no logra avizorar hasta donde pueden prolongarse las dificultades, las carencias y otros males, –claro, Guillermo es poeta, no profeta–  y nos dice: “En abril de 1969, / qué poco puedo yo decir de las cosas”; por otra parte el título del poema nos dice mucho. Y nos dice mucho más Guillermo cuando alega: “!cómo tarda el futuro!”; pero el poeta no puede ser capaz –nadie lo sería sin ser, por ejemplo, un nostradamus– de vaticinar lo que pudiera estar ocurriendo más de cuarenta años después. Por eso se arriesga a decir:

“¿CÓMO SE LLAMA USTED? ¿VIVE YA EN UNA CASA?

¿CUÁNDO MURIÓ EL ÚLTIMO ENEMIGO? ¿ES

VERDAD QUE LA ESCASEZ

YA NADIE LA RECUERDA…”

En realidad, no se trata de analizar el libro como argumento profético. Es un libro de poesía, de poesía de la historia, como afirmara certeramente Jorge Luis Arcos en el prólogo a la antología “Canta”. No me atrevería a juzgarlo en un sentido negativo, porque, entre otros aspectos visibles y meritorios en la forma y el contenido, es un libro que nos trasciende a todos. Y no puedo menos que terminar citando dos versos de “Todo fluye”, último poema de este espécimen singular, El libro rojo de Guillermo Rodríguez Rivera, que alegóricamente sirve como sello distintivo del libro y de la vida, que no perdona a los envilecidos por el triunfo, ni a los tuertos mentales: “Es la verdad la que siempre triunfa, y no la mentira. Es / ella la que late en el fondo de la vida y la justicia.” Decir más sería imperdonable.

_____________

(1): Por error de edición, el que aparece como segundo poema (PARA SER UN POETA SOCIAL ELIJA ENTRE LAS FORMULASA SIGUIENTES) es parte de ARTE POÉTICA, el primer poema del libro.

(2): Canta, antología de la poesía de Guillermo Rodríguez Rivera, Editorial UNIÓN, Premio de la Crítica 2003.

(3): Durante el Congreso de Educación y Cultura (abril de 1971), Guillermo es acusado de diversionismo ideológico –contrarrevolución, en el lenguaje de la época–. Es suspendido como profesor universitario durante unos meses, mientras espera por un juicio que finalmente lo absuelve. La antología “Seis poetas”, publicada por Casa de las Américas con los finalistas del Premio Casa 1970 fue retirada de las librerías. En dicha antología habían sido publicados ocho de los once poemas de El libro rojo.

(4): En la provincia teníamos a Norberto Codina Boeras como asesor literario; y más tarde, luego de la división política administrativa, en 1976 (creado el MINCULT), como director de literatura. Se contaba también con valiosos colaboradores: Félix Pita, Adolfo Martí, Sigifredo Álvarez Conesa, Georgina Herrera, Gustavo Eguren e Imeldo Álvarez –que pasó a atender la actividad literaria por el MINCULT desaparecido ya el CNC–, entre otros escritores que apadrinaban talleres literarios. Jesús López Ayllón era entonces el asesor literario en Bauta, que era donde yo residía.

La Habana, febrero de 2014.

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